Osidiria
Poeta asiduo al portal

Hoy traemos a estas páginas unos hechos escalofriantes que tuvieron lugar el Toledo
hace varios siglos pero que a pesar de hacer tantos años aún se me ponen los pelos
como escarpias cada vez que los leo, voy empezar su relato y ya aviso
que hay que tener nervios de acero para leer este relato hasta el final.
La hora es la adecuada, el lugar perfecto,
no se me ocurre otro mejor para contar mi historia que en el laberinto de calles
de una ciudad que en sus largas noches de invierno,
cuando las almas condenadas sacan sus pies del fuego buscando
alguna esperanza de vida que alivie el ardor de las llagas que ulceran su pecho.
Las sombras dan miedo, hasta un aprendiz de diablo sabe esto,
por eso cuando gritamos cerramos los ojos pero no echamos a correr,
¿por qué? tal vez sea porque el infierno ya lo llevamos dentro.
La Ciega De Toledo
Número 13 Callejón del Diablo, en Toledo, a escasos dos escalofríos del callejón del Infierno,
en una casa que nunca llega el sol y siempre es invierno, año del señor 1410,
se oyen gritos de parto como cuando una maldición da a luz, fruto de una relación
entre una mujer hija de la noche y un monje con hábito de lana, escapulario y capuchón
pero con poca o nula vocación para cumplir con los preceptos de su fe y menos
con el voto de castidad.
De esa blasfemia, como muchos llegaron a sentenciar, nacieron dos niñas gemelas
que nadie parecía tener prisa por bautizar, ese año el agua en la pila bautismal escaseaba,
alguien propuso bautizarlas sin agua pero empezar tan mal una vida a nadie le pareció bien.
Una de las niñas, la primera en llorar, le llamaron Soledad, tenía ojos de santa,
todos apreciaban su buena y agraciada presencia, era una muñeca, una muchacha rolliza
de mejillas sonrosadas con una sonrisa angelical que hacia cosquillas en los ojos.
La otra niña nació ciega, no podía ver a nadie y nadie parecía querer verla a ella,
no la pusieron nombre hasta cumplir los 6 años de edad, era como si no existiera,
comía de las sobras de los demás, siempre sola, sepultada en soledad.
Las niñas crecieron al lado de la calle donde nunca daba el sol, hay calles en Toledo
que las oscuridad en las cumbres de la noche es eterna, nunca se va, allí la esperanza
de una vida nueva se moría de hambre cada día un poco más y las rejas que separaban
el mundo de las niñas y el de los demás eran más y más gruesas.
Soledad, la hija agraciada, probó fortuna con los hombres y ganó la partida,
se casó con un buen hombre, no le pegaba casi nunca y rara vez volvía borracho a casa,
su vida fluía suave y tranquila como las aguas del Tajo, tuvo cinco hijos, sanos y fuertes,
se sentía bendecida por la vida, iba a misa cada día y rogaba porque nada cambiara.
Su hermana, la hija sin nombre, la ciega, no tenía dónde caerse muerta pero con el tiempo
desarrolló un don; con solo rozar la piel de cualquiera podía “ver” lo que nadie ve,
sabía lo que nadie puede saber, pero ella, de alguna manera lo sabía,
aprendió de un maestro al que nunca pagó cómo entender los males de la gente y su solución,
un brujo que por las noches recorría las calles pidiendo clemencia por las ánimas
del purgatorio, todos le evitaban , se santiguaban al cruzarse con él.
Una noche de tormenta, se cruzó con la ciega que perdida no sabía llegar hasta su casa
y la acompaño, se hicieron amigos, si es que puede llamarse así,
el ermitaño le enseño todo lo que sabía sobre la magia negra,
y la ciega se hizo una curandera de cierto renombre, sacaba de los cuerpos toda la miseria que los hace débiles,
ayudaba a los hombres a cumplir como tales con las mujeres y a estás,
tras disfrutar de los placeres del amor, a no tener que cargar con sus consecuencias,
podía adivinar el futuro engañando con eso a la muerte, todos la temían pero la necesitaban
y ella cada día crecía y crecía en pedantería y vanidad, tanto que llegó a pensar
que en vez de un demonio era una diosa.
Pero una noche, aquel siniestro maestro que hacía tiempo no sabía nada de él,
se presentó en su casa y le reclamó todas las horas dedicadas en su enseñanza
en el arte de sacar las almas de su tormento, no exigía demasiado;
como ella no podía ver quería lo ojos de su hermana, los dos, o si no
volvería a ser una pordiosera recorriendo las calles por un mendrugo de pan.
Sin dudarlo un momento, con tal de no perder su don, la ciega fue a casa de su hermana
y nada más abrir la puerta se abalanzó sobre ella y le arrancó los ojos de cuajo;
con las manos aun chorreando sangre, busco al hechicero, y se los entregó,
Pero un demonio nunca es de fiar, siempre trata de engañar y esta vez no sería una excepción,
le quito todos sus poderes y con ellos el don de curar.
Desde entonces, cuenta la leyenda, que las dos hermanas recorren las orillas de la noche
buscando la luz que su corazón perdió, juntas, de la mano, la que no veía nada y la ciega,
las dos viviendo de la caridad de los demás en la puerta de las iglesias,
una para dar de comer sus hijos desde que su marido la abandonó
y la otra para no morir de hambre en una acera cualquiera.
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