Por un soberano bofetón, la faz de aquel bochornoso fantoche quedó marcada para siempre. A partir de ahora tendría que cubrirse con una capucha para no ser el hazme reír ñoño de la gleba. Sin embargo, nuestro entumecido espantajo tenía el pecho henchido de sentimientos de odio. En su alcoba de espuma maquinaba una venganza que, cual plan blasfemo de vil anacoreta, tenía por objeto al sujeto afrentoso que le había dado tal transmundano sopapo. Salió en una noche lluviosa hacia una casa, toda esta decorada con cintas de muérdago, y llamó con sus manos de harina a la puerta. Le abrió una mujer vieja con un cardo negro en la frente y le preguntó qué era lo que deseaba. Entonces, sin mediar palabra y a la fuerza pasó el umbral empujando a la anfitriona de aquel sagrado lar. Subió unas escaleras de madera apolillada y entró en una habitación iluminada a medio gas. De espaldas y en un mullido sillón se hallaba el afrentoso personaje que le había marcado la cara. Parecía estar lleno de atención en una lectura. Por el sonido de las hojas de un volumen literario al pasar. Fue derecho hacia él con las más odiosas intenciones. Y cuando ya estaba junto a él, vio la imagen blasfema de su propio álter ego riendo alegremente.