Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una esquina del cielo
flota una biblioteca hecha de viento,
donde los libros son pájaros invisibles
que cantan en idiomas olvidados por el fuego.
Cada página es una pluma de pensamiento,
una idea que nunca aterrizó,
y que aún da vueltas sobre las cabezas
de estatuas que respiran a medianoche.
Las palabras no se leen: se huelen,
como un perfume que recuerda
algo que jamás ocurrió.
Y al abrir un libro, no hay letras:
hay lluvias.
Ritmos que caen en espirales de ceniza,
dibujando relojes que gotean hacia arriba,
donde las horas se deshacen en caramelos
que solo comen los sueños.
Un bibliotecario sin rostro
susurra versos a una lámpara apagada.
Cuando ríe, los techos se doblan,
y cuando llora, nacen peces en las lámparas.
Nadie entra.
Nadie sale.
Solo llegan pensamientos que olvidaron tener cuerpo,
y se sientan a volar,
con alas prestadas por el silencio.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
flota una biblioteca hecha de viento,
donde los libros son pájaros invisibles
que cantan en idiomas olvidados por el fuego.
Cada página es una pluma de pensamiento,
una idea que nunca aterrizó,
y que aún da vueltas sobre las cabezas
de estatuas que respiran a medianoche.
Las palabras no se leen: se huelen,
como un perfume que recuerda
algo que jamás ocurrió.
Y al abrir un libro, no hay letras:
hay lluvias.
Ritmos que caen en espirales de ceniza,
dibujando relojes que gotean hacia arriba,
donde las horas se deshacen en caramelos
que solo comen los sueños.
Un bibliotecario sin rostro
susurra versos a una lámpara apagada.
Cuando ríe, los techos se doblan,
y cuando llora, nacen peces en las lámparas.
Nadie entra.
Nadie sale.
Solo llegan pensamientos que olvidaron tener cuerpo,
y se sientan a volar,
con alas prestadas por el silencio.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados