El penacho abundante que coronaba el casco áureo de aquel guerrero dorio ondeaba al viento de aquella majestuosa noche de tierna luna sin estrellas. Su portador desprendía de sus pupilas de un azul celeste la rabia divina de un alma que se congratulaba con sus demonios tutelares. Los dioses nocturnos del firmamento, callados pero expectantes, lo miraban frívolos ante la inminente llegada de las legiones enemigas de los celtas. Acosadas en un bravo frenesí sanguinario, cuyo odio se adivinaba por la potente voz colectiva que hacía retumbar de horror los cimientos de la planicie desértica donde miles de hombres griegos, con coraza de bronce los esperaban. Mientras rumiaban unas palabras ominosas hacia las alturas para que la batalla cayese en suerte de su alado bando, ya encumbrada en gloriosa luz de potente amanecer festivo.