En una noche plagada de estrellas azucaradas, va en pos del camino de la perdición una cadavérica mujer con un milano en el brazo. No hay nadie a esas horas. Ella se va acercando cada vez más hacia el camposanto. Donde tiene la intención de conjurar un demonio lascivo sobre la tumba de quien fue su tierno amante de mocedades. Quién osa a esas trasnochadas acciones de vil inmundicia reaccionar sino el párroco. Quien, sobresaltado por el graznido de un cuervo, despierta de una pesadilla. Se levanta de su habitación por una pesarosa intuición y coge una linterna para salir de la mugrienta iglesia. Entonces, observa el espectáculo singular de una señora cubierta de harapos y soltando de su boca sobre un montículo mortuorio palabras de llanto y furia sin par. Al momento, una entidad flamear de tizne grisáceo se transparenta sobre el crucifijo del lugar santo de reposo eterno. Y ella, en un ataque de histeria se funde con la substancia penitente para asombro del cura.