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La Antropófaga

Edouard

Poeta adicto al portal
Blanca pero desgreñada, aquella joven bacante sorbía del manantial de acequias el agua pura y cristalina. Sus ojos negros se dilataban ante el festín carnívoro que le esperaba. Cuando el plenilunio irradiase su haz preternatural sobre la víctima expiatoria que, cual venado herido y tumbado sobre el húmedo verdín de un descampado, no sentiría piedad ante los fieros mordiscos que nuestra novia infernal le causaría. Ella se levantó con soberbia y observó como ya había caído la morisca noche. Entonces fue al lugar de las sagradas ofrendas propiciatorias. Donde un demonio y mujeres alocadas de su misma condición ya estaban desmembrando las carnes del inocente ser. Cuya imagen espiritual volaba inquieta hacia el próximo y fantasmal bosque de altos y frondosos cipreses. Fue entonces; cuando la sangre corría rauda por las comisuras de los labios de nuestros entes despiadados, el justo momento en el que una posesión anímica del nocturno panorama los calmó de su furibundo éxtasis de trágica antropofagia.
 
homo-adictus, nuestra servicial mujer a las fuerzas obscuras del mal se vanagloriaba de ser una empedernida golosa de inocente carne humana. Cuando cayó la noche de atropello severo demoníaco, se dirigió pérfida al paraje de tal blasfemo acontecimiento para consumar con sus secuaces de horror y mortandad lo que se venía venir. Ni más ni menos que la desmembración sádica de un chivo expiatorio que suspiraría su imagen divina en la fragosidad de los arbustos consagrados al dios de los muertos. Rematando ellas y su consorte el diablo las impúdicas bacanales de suprema antropofagia con una paz serena que provenía del calamitoso haz ominoso de la obscuridad. Donde la luna, con su radiación alocada e impune, terminaría por dar el último golpe de gracia. Atentamente Edouard.
 
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