Blanca pero desgreñada, aquella joven bacante sorbía del manantial de acequias el agua pura y cristalina. Sus ojos negros se dilataban ante el festín carnívoro que le esperaba. Cuando el plenilunio irradiase su haz preternatural sobre la víctima expiatoria que, cual venado herido y tumbado sobre el húmedo verdín de un descampado, no sentiría piedad ante los fieros mordiscos que nuestra novia infernal le causaría. Ella se levantó con soberbia y observó como ya había caído la morisca noche. Entonces fue al lugar de las sagradas ofrendas propiciatorias. Donde un demonio y mujeres alocadas de su misma condición ya estaban desmembrando las carnes del inocente ser. Cuya imagen espiritual volaba inquieta hacia el próximo y fantasmal bosque de altos y frondosos cipreses. Fue entonces; cuando la sangre corría rauda por las comisuras de los labios de nuestros entes despiadados, el justo momento en el que una posesión anímica del nocturno panorama los calmó de su furibundo éxtasis de trágica antropofagia.