Fernando Madrid Afuera
Poeta recién llegado
Hace tantos años que me di cuenta de que Jezabel estaba como una cabra, que ya no puedo recordar cuándo me di cuenta por primera vez. Para mí, al principio era nada más que una mujer ligeramente excéntrica y muy divertida, que pintaba no del todo mal cuadros al óleo, me regalaba cigarrillos turcos que compraba en el extranjero (ella no fumaba) y me contaba cómo había sido -cómo ella se imaginaba que había sido- el París de la bohemia. Me divertían sus historias, la adoraba; era muy hermosa, muy hermosa, con un largo cabello rubio que le llegaba a media espalda; con algunos retoques y un poco más de cordura, bien hubiera podido ser una de las modelos de la revista Elle que compraba asiduamente. Siendo una mujer hermosa, sana y -por aquel entonces- joven, sabe Dios -la verdad es que no es preciso ser Dios para saberlo- en qué o con qué soñaría. ¿Se volvió loca por no conocer el amor, o no conoció el amor porque se volvió loca? La locura desprende un inconfundible olor que ahuyenta a los pretendientes y a los potenciales amantes; ella seguía pintando, leyendo novelas de calidad y de no tanta calidad, y soñando.
Una tarde, buscando entre sus libros alguno que no hubiera leído ya, encontré una especie de diario que, como comprendí enseguida, era un diario fantástico. Se relataban en él los amores (los amores de amor) que no había tenido nunca con hombres amables, corteses y cariñosos, y las palabras de amor que le habían dirigido, las caricias, los besos, las cartas; sonreí un poco, sintiéndome culpable hacia Jezabel, porque las palabras de amor que figuraban en esas historias son las que pronuncia una mujer, y no un hombre. Pobre Jezabel; ni siquiera podía imaginar.
Nunca hicimos el amor, como se dice con el conocido eufemismo imbécil; yo mismo no soy psíquicamente demasiado estable, debido a no haber tenido infancia ni juventud, según opina -creo que con acierto- el doctor Cohen; es por ésto por lo que prefiero no joder con mujeres también inestables; llegado el caso, prefiero la abstinencia. Ella, habiendo detectado enseguida mi susceptibilidad para los celos retrospectivos, me contaba cosas que yo pudiera o debiera pensar que sólo podía haber conocido por hombres que ella había conocido antes; ni por ésas pudo llevarme a la cama, y no porque no la deseara como cuerpo, por cierto. Por otra parte, dudo de que ella me deseara especialmente a mí, y más dudo todavía de que me amara; sencillamente, yo era un hombre joven que estaba a mano, aparte de su amigo, y su ocasional -y a veces espantado- confidente.
Sublimó en parte sus impulsos (aunque por las noches, de cuando en cuando, yo la oía consolarse a solas) regalándome también un atril y un juego de escritura carísimos, y aconsejándome sobre el modo de escribir relatos, que debían contener (según ella), ineludiblemente, los siguientes elementos:
1.Colores
2.Sabores
3.Aromas
4.Sonidos
5.Amor
6.Personajes
7.Un poco de lluvia
8.Un conflicto
9.Fechas precisas
10.Uno o dos cuadros antiguos
Nos perdimos de vista en 1999. No hubo ruptura, porque nunca había habido relación. No hubo llantos ni despedidas. No hubo escenas. Me regaló la última cajita de cigarrillos turcos, y un anillo vagamente pavoroso que aún llevo, sobrellevando las pullas de los compañeros de covacha.
-No podía ser, ¿verdad?- me dijo-. Yo soy del demonio, y tú no. Aunque creo que tú eres de un demonio peor. Además, sólo te interesa escribir. O a lo mejor eres homosexual.
-Querida Jezabel -le contesté-, si no lo fuera, ¿no me habría acostado contigo?
Meditó un poco sobre esta respuesta.
-Eres bueno; no, no eres de ningún demonio- y me dio un beso sin intención particular.
Luego he sabido que se casó, se divorció y ahora es conservadora de no sé qué museo de esos tan especializados que nadie visita.
Me gustaría pensar que es feliz, pero la verdad es que no lo creo. Aunque, ¿no es más hermoso imaginar el amor que saber lo que de verdad es? Pero ella no lo sabe, claro.
Es todo tan complejo.
12-3-2003
Una tarde, buscando entre sus libros alguno que no hubiera leído ya, encontré una especie de diario que, como comprendí enseguida, era un diario fantástico. Se relataban en él los amores (los amores de amor) que no había tenido nunca con hombres amables, corteses y cariñosos, y las palabras de amor que le habían dirigido, las caricias, los besos, las cartas; sonreí un poco, sintiéndome culpable hacia Jezabel, porque las palabras de amor que figuraban en esas historias son las que pronuncia una mujer, y no un hombre. Pobre Jezabel; ni siquiera podía imaginar.
Nunca hicimos el amor, como se dice con el conocido eufemismo imbécil; yo mismo no soy psíquicamente demasiado estable, debido a no haber tenido infancia ni juventud, según opina -creo que con acierto- el doctor Cohen; es por ésto por lo que prefiero no joder con mujeres también inestables; llegado el caso, prefiero la abstinencia. Ella, habiendo detectado enseguida mi susceptibilidad para los celos retrospectivos, me contaba cosas que yo pudiera o debiera pensar que sólo podía haber conocido por hombres que ella había conocido antes; ni por ésas pudo llevarme a la cama, y no porque no la deseara como cuerpo, por cierto. Por otra parte, dudo de que ella me deseara especialmente a mí, y más dudo todavía de que me amara; sencillamente, yo era un hombre joven que estaba a mano, aparte de su amigo, y su ocasional -y a veces espantado- confidente.
Sublimó en parte sus impulsos (aunque por las noches, de cuando en cuando, yo la oía consolarse a solas) regalándome también un atril y un juego de escritura carísimos, y aconsejándome sobre el modo de escribir relatos, que debían contener (según ella), ineludiblemente, los siguientes elementos:
1.Colores
2.Sabores
3.Aromas
4.Sonidos
5.Amor
6.Personajes
7.Un poco de lluvia
8.Un conflicto
9.Fechas precisas
10.Uno o dos cuadros antiguos
Nos perdimos de vista en 1999. No hubo ruptura, porque nunca había habido relación. No hubo llantos ni despedidas. No hubo escenas. Me regaló la última cajita de cigarrillos turcos, y un anillo vagamente pavoroso que aún llevo, sobrellevando las pullas de los compañeros de covacha.
-No podía ser, ¿verdad?- me dijo-. Yo soy del demonio, y tú no. Aunque creo que tú eres de un demonio peor. Además, sólo te interesa escribir. O a lo mejor eres homosexual.
-Querida Jezabel -le contesté-, si no lo fuera, ¿no me habría acostado contigo?
Meditó un poco sobre esta respuesta.
-Eres bueno; no, no eres de ningún demonio- y me dio un beso sin intención particular.
Luego he sabido que se casó, se divorció y ahora es conservadora de no sé qué museo de esos tan especializados que nadie visita.
Me gustaría pensar que es feliz, pero la verdad es que no lo creo. Aunque, ¿no es más hermoso imaginar el amor que saber lo que de verdad es? Pero ella no lo sabe, claro.
Es todo tan complejo.
12-3-2003