IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Mientras más tenue es la luna,
más dolorosa se vuelve la soledad,
lágrimas de firmamento decapitado,
sollozan la sangre de dios,
entumece al corazón,
la verdad del tiempo,
la edad que detiene sus latidos,
la avaricia inmunda
del vicio natural de la vida,
humanos danzan al compás de su tortura,
no comprenden de razones verdaderas,
no entienden su insignificancia,
ni comparten las soledades de sus vidas,
las constantes maneras de morir,
le inculcan a la muerte un deber bendito,
que no existiría si la vida no existiera,
la guadaña marca a una tierra adolorida,
se abre de su pecho,
la codicia del creador,
un temor ancestral,
que se inculca
de generación a generación,
así como las flores se abren al amanecer,
así como los pájaros le cantan al viento,
así como las estrellas se esconden,
detrás de las nubes,
encima de las tumbas,
la muerte nunca fue tan ignorada,
su luz,
se esparce,
entre telarañas de reflejos,
observa con los ojos del ocaso,
como el último haz de luz
irrumpe, penosamente,
sobre el último cuerpo
del último amor,
sobre el primer dolor,
que le regala a su bendecido compañero,
será eterno su decir,
entre maldecir al tiempo otorgado,
pronuncia sus últimas palabras,
aún sin conocer,
que no hay consciencia
más allá de la muerte,
que se desconoce todo rastro,
que ese supuesto milagro
ya no se reconoce a sí mismo,
solo late en cada interminable desdicha.
más dolorosa se vuelve la soledad,
lágrimas de firmamento decapitado,
sollozan la sangre de dios,
entumece al corazón,
la verdad del tiempo,
la edad que detiene sus latidos,
la avaricia inmunda
del vicio natural de la vida,
humanos danzan al compás de su tortura,
no comprenden de razones verdaderas,
no entienden su insignificancia,
ni comparten las soledades de sus vidas,
las constantes maneras de morir,
le inculcan a la muerte un deber bendito,
que no existiría si la vida no existiera,
la guadaña marca a una tierra adolorida,
se abre de su pecho,
la codicia del creador,
un temor ancestral,
que se inculca
de generación a generación,
así como las flores se abren al amanecer,
así como los pájaros le cantan al viento,
así como las estrellas se esconden,
detrás de las nubes,
encima de las tumbas,
la muerte nunca fue tan ignorada,
su luz,
se esparce,
entre telarañas de reflejos,
observa con los ojos del ocaso,
como el último haz de luz
irrumpe, penosamente,
sobre el último cuerpo
del último amor,
sobre el primer dolor,
que le regala a su bendecido compañero,
será eterno su decir,
entre maldecir al tiempo otorgado,
pronuncia sus últimas palabras,
aún sin conocer,
que no hay consciencia
más allá de la muerte,
que se desconoce todo rastro,
que ese supuesto milagro
ya no se reconoce a sí mismo,
solo late en cada interminable desdicha.