Azulzurita
Volar soñando..Crear amando
Con el insecticida en mano me preguntaba: la mato, no la mato. Yo, la docente, la profe de Biología, que bien había estudiado su exoesqueleto, su sistema nervioso en su globulosa cola, su comportamiento, inteligencia y veneno.
Y ahí se encontraba la pequeña araña, esperando que tome una drástica decisión sobre si misma, yo... como su verdugo o salvadora y, ella simplemente como desafiante víctima inmóvil sobre mi blanca pared.
¿A quién le tengo que rendir cuentas? -pensé-, aquí tan sola, sin que nadie me pueda ver o juzgar, ¡sólo tal vez dios! -me dije.
Desde que había estudiado a los insectos, no los veía ya tan pequeños o insignificantes. Me retiré y la dejé sola por un momento, sabiendo que le daba la posibilidad a que escapase.
Tomé un pequeño vaso de plástico transparente de aquellos que no usaba y una hoja de papel oficio, donde había escrito un poema a medio terminar que iba a desechar. Con ambos, vaso y poema, atrapé a la pequeña intrusa, que se asustó y se quiso sujetar con su tela de araña a la pared, en un intento fallido, hasta quedarse quieta, por vencida en el fondo del vaso, en espera de lo que sucediera, fue cuando la solté a su suerte, por la anochecida ventana de mi cocina, no puedo decir que la misma suerte corrían las cucarachas, cuando se colaban por la puerta de entrada, ya que mi gran compañera Agata, con su vista aguda y certeras uñas, no dejaba a éstas posibilidad de escape.
¿No se por qué?, pero me sentí en paz conmigo misma, al haberle perdonado la vida a esa pequeña e insolente araña, que osó posarse frente a mis ojos, sabiendo quizá de antemano, con su gran inteligencia, que tomaría la decisión correcta, de dejarla en libertad, para que continúe con su peculiar e intrigante existencia.
Y ahí se encontraba la pequeña araña, esperando que tome una drástica decisión sobre si misma, yo... como su verdugo o salvadora y, ella simplemente como desafiante víctima inmóvil sobre mi blanca pared.
¿A quién le tengo que rendir cuentas? -pensé-, aquí tan sola, sin que nadie me pueda ver o juzgar, ¡sólo tal vez dios! -me dije.
Desde que había estudiado a los insectos, no los veía ya tan pequeños o insignificantes. Me retiré y la dejé sola por un momento, sabiendo que le daba la posibilidad a que escapase.
Tomé un pequeño vaso de plástico transparente de aquellos que no usaba y una hoja de papel oficio, donde había escrito un poema a medio terminar que iba a desechar. Con ambos, vaso y poema, atrapé a la pequeña intrusa, que se asustó y se quiso sujetar con su tela de araña a la pared, en un intento fallido, hasta quedarse quieta, por vencida en el fondo del vaso, en espera de lo que sucediera, fue cuando la solté a su suerte, por la anochecida ventana de mi cocina, no puedo decir que la misma suerte corrían las cucarachas, cuando se colaban por la puerta de entrada, ya que mi gran compañera Agata, con su vista aguda y certeras uñas, no dejaba a éstas posibilidad de escape.
¿No se por qué?, pero me sentí en paz conmigo misma, al haberle perdonado la vida a esa pequeña e insolente araña, que osó posarse frente a mis ojos, sabiendo quizá de antemano, con su gran inteligencia, que tomaría la decisión correcta, de dejarla en libertad, para que continúe con su peculiar e intrigante existencia.
Última edición: