Dertodesking
Poeta recién llegado
"If that our bodies be shrines,
the nameless become sculptures
forgotten by ages past."
Su mano nombró a la existencia.
No.
Solo usó mi existencia.
Me dio este cuerpo
y esta mente informe.
Sí...
Así empezó
vuestra luz,
la mía.
Todo.
Pensé que si enterraba el yo...
Me estaba autoengañando.
Lo escondí en tu cavidad,
pero nada es lo mismo.
Ese hombre frío nos observa.
Siempre lo ha hecho:
desde el albor de los gametos
hasta esta cueva carmesí.
No estoy solo.
No estoy solo.
No estoy solo.
No estoy solo.
La cánula repta despacio
y muestra su cabeza,
como una sanguijuela implacable.
Tengo miedo.
Tengo mucho miedo...
El monstruo gira su rostro sin facciones,
abriendo su boca
en ritmo ceremonioso:
traga, absorbe, traga, absorbe, traga, absorbe, traga, absorbe, traga...
Nazco.
Nazco.
Nazco.
¡Nazco!
Grito bajo la luz de un Sol en miniatura,
y tus labios nacarados
se tuercen.
No soy nada.
Ni siquiera puedo despedirme con un «adiós»
porque todos tapan sus oídos
al escucharme hablar,
y mi cuerpo encarnado se pudre, segundo tras segundo.
Es humillante.
Mi garganta se desgarra
mientras grito sin voz.
El oxígeno me está ahogando
y no puedo parar de respirar.
«¡Por favor, deja de respirar!».
Es imposible.
Me estoy muriendo ante el efluvio
de los antisépticos
que, a duras penas,
logran tapar la esencia
de los cadáveres
que han pasado por esta habitación.
Seré uno más.
Seré uno más.
Seré uno más.
Seré uno más...
En mi último estertor,
recuerdo la calidez del líquido amniótico,
bañando mi cuerpo a medio construir.
Mi conciencia se desvanece.
...
Pero un fulgor
abre mis párpados.
Tenue.
El gris recubre
lo que alcanzo a ver.
¿El cielo?
No.
Este sitio exuda tristeza.
Escucho un sonido repetitivo
en la lejanía:
el batir mecánico de unas alas
que se aproximan,
arrojando ráfagas de aire
a mis pies.
Pierdo el equilibrio,
cayendo sobre mi espalda.
Frente a mí,
un traje de luto
en forma de túnica.
Simple, pero elegante.
Irgo mi barbilla
hacia la tez de aquella figura.
Su semblante es sombrío.
El fluir de las lágrimas
recorre sus mejillas,
y su boca curvada
denota una tristeza profunda.
Es... un ángel plañidero.
Mientras su llanto elegíaco continúa,
resonando a través de la nada,
atisbo algunas palabras tras él:
«No sufras, niño sin nombre,
pues nunca más estarás solo».
El Purgatorio...
No sé qué pensar.
Un Purgatorio personal
junto a un ángel deprimido.
Un mundo de quietud sempiterna,
donde los humores vienen a morir...
La quietud es aburrida.
Sí.
Mas me lo tengo bien merecido,
pues mi inexistencia
no cabe tras
las puertas del Cielo.
the nameless become sculptures
forgotten by ages past."
Su mano nombró a la existencia.
No.
Solo usó mi existencia.
Me dio este cuerpo
y esta mente informe.
Sí...
Así empezó
vuestra luz,
la mía.
Todo.
Pensé que si enterraba el yo...
Me estaba autoengañando.
Lo escondí en tu cavidad,
pero nada es lo mismo.
Ese hombre frío nos observa.
Siempre lo ha hecho:
desde el albor de los gametos
hasta esta cueva carmesí.
No estoy solo.
No estoy solo.
No estoy solo.
No estoy solo.
La cánula repta despacio
y muestra su cabeza,
como una sanguijuela implacable.
Tengo miedo.
Tengo mucho miedo...
El monstruo gira su rostro sin facciones,
abriendo su boca
en ritmo ceremonioso:
traga, absorbe, traga, absorbe, traga, absorbe, traga, absorbe, traga...
Nazco.
Nazco.
Nazco.
¡Nazco!
Grito bajo la luz de un Sol en miniatura,
y tus labios nacarados
se tuercen.
No soy nada.
Ni siquiera puedo despedirme con un «adiós»
porque todos tapan sus oídos
al escucharme hablar,
y mi cuerpo encarnado se pudre, segundo tras segundo.
Es humillante.
Mi garganta se desgarra
mientras grito sin voz.
El oxígeno me está ahogando
y no puedo parar de respirar.
«¡Por favor, deja de respirar!».
Es imposible.
Me estoy muriendo ante el efluvio
de los antisépticos
que, a duras penas,
logran tapar la esencia
de los cadáveres
que han pasado por esta habitación.
Seré uno más.
Seré uno más.
Seré uno más.
Seré uno más...
En mi último estertor,
recuerdo la calidez del líquido amniótico,
bañando mi cuerpo a medio construir.
Mi conciencia se desvanece.
...
Pero un fulgor
abre mis párpados.
Tenue.
El gris recubre
lo que alcanzo a ver.
¿El cielo?
No.
Este sitio exuda tristeza.
Escucho un sonido repetitivo
en la lejanía:
el batir mecánico de unas alas
que se aproximan,
arrojando ráfagas de aire
a mis pies.
Pierdo el equilibrio,
cayendo sobre mi espalda.
Frente a mí,
un traje de luto
en forma de túnica.
Simple, pero elegante.
Irgo mi barbilla
hacia la tez de aquella figura.
Su semblante es sombrío.
El fluir de las lágrimas
recorre sus mejillas,
y su boca curvada
denota una tristeza profunda.
Es... un ángel plañidero.
Mientras su llanto elegíaco continúa,
resonando a través de la nada,
atisbo algunas palabras tras él:
«No sufras, niño sin nombre,
pues nunca más estarás solo».
El Purgatorio...
No sé qué pensar.
Un Purgatorio personal
junto a un ángel deprimido.
Un mundo de quietud sempiterna,
donde los humores vienen a morir...
La quietud es aburrida.
Sí.
Mas me lo tengo bien merecido,
pues mi inexistencia
no cabe tras
las puertas del Cielo.
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