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I

romaguce

Poeta recién llegado
Naufrago sin rumbo,
Acechado por los rumores de las gaviotas que ensalzan en sus cantos,
El final de la batalla;
Moribundo,
El tiempo,
Clava sobre mi pecho el pedernal de su victoria y caigo rendido,
Sin rogar clemencia;
Mis ojos absorben el golpe final.

Despierto tendido sobre cenizas de otros,
Cubierto en el violento céfiro de la marea,
Que aleja y vuelve a estrellar mi alma sobre mi cuerpo,
Como queriendo atraparla eternamente en él,
Como queriendo encallar sobre ella, los despojos de los días buenos.

Indefenso,
Inhalo mi despedida y exploto suicida entre las manos de la noche,
Que incrédula, distrae su tuerto mirar.

El festín continúa,
Son muchos invitados que trémulos observan la caída de un dios,
Pero hambrientos, se sirven de él, sobre el ara de una última cena,
Dónde la traición se toma en copas de oro.

Lento y resignado,
Se asienta el polvo,
Sublimado a los contornos de la ira del vengador;
Un niño llora a lo lejos, aferrado a los pechos de la muerte, que lo alimenta…

Somos lo poco que somos,
El mito de una parte de la historia que se desintegra con el pasar de las páginas, y que oculta dentro de sus proféticos trazos, el secreto inmortal de mi nombre.

La balanza se equilibra,
Pero no es suficiente;

El juicio de los caídos empieza…
Soy mi propio verdugo…​
 
Naufrago sin rumbo,
Acechado por los rumores de las gaviotas que ensalzan en sus cantos,
El final de la batalla;
Moribundo,
El tiempo,
Clava sobre mi pecho el pedernal de su victoria y caigo rendido,
Sin rogar clemencia;
Mis ojos absorben el golpe final.

Despierto tendido sobre cenizas de otros,
Cubierto en el violento céfiro de la marea,
Que aleja y vuelve a estrellar mi alma sobre mi cuerpo,
Como queriendo atraparla eternamente en él,
Como queriendo encallar sobre ella, los despojos de los días buenos.

Indefenso,
Inhalo mi despedida y exploto suicida entre las manos de la noche,
Que incrédula, distrae su tuerto mirar.

El festín continúa,
Son muchos invitados que trémulos observan la caída de un dios,
Pero hambrientos, se sirven de él, sobre el ara de una última cena,
Dónde la traición se toma en copas de oro.

Lento y resignado,
Se asienta el polvo,
Sublimado a los contornos de la ira del vengador;
Un niño llora a lo lejos, aferrado a los pechos de la muerte, que lo alimenta…

Somos lo poco que somos,
El mito de una parte de la historia que se desintegra con el pasar de las páginas, y que oculta dentro de sus proféticos trazos, el secreto inmortal de mi nombre.

La balanza se equilibra,
Pero no es suficiente;

El juicio de los caídos empieza…
Soy mi propio verdugo…​

Bienvenido al portal.
Me gusta como escribes .
Voy a pedir mover tu poema a filosóficos/ existencialistas, pues creo que es el lugar indicado.
Otra cosa. Te aconsejo dar un título al poema. Lo interesante es que te lean y que puedan disfrutar y juzgar tu poesía.
Un saludo con mi aplauso a tu sobresaliente trabajo
 
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