HUIDA DE LA CIUDAD EN RUINAS
Fueron los graznidos de grajos y cornejas
los últimos, fúnebres cantos, de aquellas campanas rotas.
Como horas escanciadas desde el lagar de los sueños
breves y frías sus notas, estremecidas, sin dueño.
Galope de caballos negros entre las calles en ruinas
Baja el humo funeral desde los montes altivos
y los ríos se vuelven plomo, como besos de un olvido.
No quedan ya sábanas blancas
ni almas en las que presumir pureza
Han destrozado la urna de fino vidrio
donde plácidas dormían las joyas del mundo antiguo
Han humillado las manos que, apretadas,
fueron sellos inviolables de engolados caballeros
Verdinegras las hileras de cipreses que como lanzas
escoltan el recorrido de las viudas enlutadas
hacia el altar despojado en el que un día oficiaron
y cantaron con vocecitas de plata a algún dios circular.
Ya no hay cálices para el elevado culto
ni carmesíes casullas disimulando vísceras de pecado
De las ventanas de los hogares violentados
se escapan gritos hirsutos, voces desalentadas.
¿Son estos los tiempos nuevos
que anunciaron los profetas del pasado?
Únete a mí, como sombra inseparable,
mujer que diste sentido a mi canto.
Busquemos el último caballo alado
que nos lleve al otro lado del mar
porque somos la última esperanza del futuro.
Ilust.: Vito Campanella
Fueron los graznidos de grajos y cornejas
los últimos, fúnebres cantos, de aquellas campanas rotas.
Como horas escanciadas desde el lagar de los sueños
breves y frías sus notas, estremecidas, sin dueño.
Galope de caballos negros entre las calles en ruinas
Baja el humo funeral desde los montes altivos
y los ríos se vuelven plomo, como besos de un olvido.
No quedan ya sábanas blancas
ni almas en las que presumir pureza
Han destrozado la urna de fino vidrio
donde plácidas dormían las joyas del mundo antiguo
Han humillado las manos que, apretadas,
fueron sellos inviolables de engolados caballeros
Verdinegras las hileras de cipreses que como lanzas
escoltan el recorrido de las viudas enlutadas
hacia el altar despojado en el que un día oficiaron
y cantaron con vocecitas de plata a algún dios circular.
Ya no hay cálices para el elevado culto
ni carmesíes casullas disimulando vísceras de pecado
De las ventanas de los hogares violentados
se escapan gritos hirsutos, voces desalentadas.
¿Son estos los tiempos nuevos
que anunciaron los profetas del pasado?
Únete a mí, como sombra inseparable,
mujer que diste sentido a mi canto.
Busquemos el último caballo alado
que nos lleve al otro lado del mar
porque somos la última esperanza del futuro.
Ilust.: Vito Campanella