Adolfo M. Vaccaro
Poeta recién llegado
La aguja invisible transporta en el campo su luz vigilante. Ráfaga que pega sobre la pared contraria a mi catre. Un llanto de niño o el agudo tosido cobija la noche, haciéndola humana, hasta la alborada.
La puerta se abre. Las botas lustrosas transitan marciales el pasillo estrecho. Se detienen siempre frente al sucio colchón que sostiene aún el llamativo cuerpo de Edith.
Ella, semidormida, camina tambaleante detrás del brillante calzado. Pasadas dos horas, aseada y gimiendo es devuelta a su lecho. Sabe que es escaso el tiempo para reponerse, dado que en un rato la azada que espera pondrá en sus palmas otras llagas más.
La hediondez no se nota. Los olores comunes ya son parte nuestra. Ellos y el destino nos hermanan como nunca al milagro esperado.
Un grito extranjero conmueve al pabellón renovando su espanto. La estrella en mi pecho envuelve de miedo los raudos latidos. Alguien comenta que un baño masivo llegará para todos.
¡Bendita agua vivificante! Por un tiempo, la piel que la mugre arruga disfrutará su antigua tersura.
La interminable fila aguarda en silencio. El permiso de hablar ha sido vedado por el casco negro.
El turno ha llegado. Por fin ingresamos al cuarto de cemento. La prúsica nube envuelve mis ojos de infinito sueño.
La puerta se abre. Las botas lustrosas transitan marciales el pasillo estrecho. Se detienen siempre frente al sucio colchón que sostiene aún el llamativo cuerpo de Edith.
Ella, semidormida, camina tambaleante detrás del brillante calzado. Pasadas dos horas, aseada y gimiendo es devuelta a su lecho. Sabe que es escaso el tiempo para reponerse, dado que en un rato la azada que espera pondrá en sus palmas otras llagas más.
La hediondez no se nota. Los olores comunes ya son parte nuestra. Ellos y el destino nos hermanan como nunca al milagro esperado.
Un grito extranjero conmueve al pabellón renovando su espanto. La estrella en mi pecho envuelve de miedo los raudos latidos. Alguien comenta que un baño masivo llegará para todos.
¡Bendita agua vivificante! Por un tiempo, la piel que la mugre arruga disfrutará su antigua tersura.
La interminable fila aguarda en silencio. El permiso de hablar ha sido vedado por el casco negro.
El turno ha llegado. Por fin ingresamos al cuarto de cemento. La prúsica nube envuelve mis ojos de infinito sueño.