La vida es un puto casino.
Hay luces de neón que ciegan la cordura.
Rumores que incitan a lo vicios más asquerosos.
Gente que contamina la alfombra de pelusa.
Licores de aguarrás que hacen vomitar
esputos sobre un fajo ilícito de papeletas moradas,
de aceras prohibidas para los pies rosados,
de cartones vocales para limar la libertad humana.
También hay un techo celestial
con miles de ojos acusadores de desquicias.
Porras para sodomizar las opiniones
contradictorias de un mismo fuego rojo.
Hay azar en el humo de cada voz y cada gesto.
Ludópatas alcoholizados por su bien común,
y soñar con los ojos abiertos
para apostar con una mano ajena.
Ruletas defectuosas que siempre dictan
al mismo voto, al mismo hoyo.
Tragaperras que regurgitan oro
y se alimenta del cobre de los bobos.
Y, también, estoy yo con la fórmula
de la eterna ganancia lagrimal.
Siempre apuesto a que pierdo todas mis apuestas.
Así no pierdo nada, salvo el tiempo.