Maroc
Alberto
Las lágrimas rellenaron
las plumas del pensamiento
paralizadas como difuntos,
faltaba pasión
y todo el sentido,
por no hablar de la distancia recorrida
o de aquellos acantilados
llenos de telarañas,
en filamentos,
igual que si quisiera
ser una figura majestuosa
revestida junto al halo imposible
por los sueños hidratantes
de mis dominios.
Otoños que se extienden
hacia donde las tribus del Sur
preñaron sus sueños de pobreza
en el aire de las aguas
sucias y podridas,
un poco de mi cielo,
un algo de mis obsesiones,
un deseo de cristales
infinitamente rotos
entre perfiles imperfectos,
una pesadilla donde escindir
mi piel de puto
enamorado de cualquiera,
y si pago... me pegan.
Pero qué importa en este remolino de saqueos
timbrado a golpe lento
de campanario insonoro de la rutina,
sensación alfombrada de mi piel,
imagen coja por lechos incendiados
en las almas partidas,
sin encrucijada,
ni línea de permutaciones hipnóticas;
matemática revuelta nacida
desde un presagio como ejemplo de lo que pare
bajo el trono donde mi boca
duerme siempre para los besos,
querencia de mi hambrienta basílica(1)
impuesta desde sortilegios inútiles
escritos en la corte de la sepultura para otro
entre los salones del destino...
y pasan puntos, líneas, rectas,
autopistas sin salida ni arcenes
que se dirigen
por el desierto de mis propios párpados
hacia la inexactitud
tronco de la diana,
esa diana oblicua de mis deseos...
imposibles.
(1) vena basílica.
las plumas del pensamiento
paralizadas como difuntos,
faltaba pasión
y todo el sentido,
por no hablar de la distancia recorrida
o de aquellos acantilados
llenos de telarañas,
en filamentos,
igual que si quisiera
ser una figura majestuosa
revestida junto al halo imposible
por los sueños hidratantes
de mis dominios.
Otoños que se extienden
hacia donde las tribus del Sur
preñaron sus sueños de pobreza
en el aire de las aguas
sucias y podridas,
un poco de mi cielo,
un algo de mis obsesiones,
un deseo de cristales
infinitamente rotos
entre perfiles imperfectos,
una pesadilla donde escindir
mi piel de puto
enamorado de cualquiera,
y si pago... me pegan.
Pero qué importa en este remolino de saqueos
timbrado a golpe lento
de campanario insonoro de la rutina,
sensación alfombrada de mi piel,
imagen coja por lechos incendiados
en las almas partidas,
sin encrucijada,
ni línea de permutaciones hipnóticas;
matemática revuelta nacida
desde un presagio como ejemplo de lo que pare
bajo el trono donde mi boca
duerme siempre para los besos,
querencia de mi hambrienta basílica(1)
impuesta desde sortilegios inútiles
escritos en la corte de la sepultura para otro
entre los salones del destino...
y pasan puntos, líneas, rectas,
autopistas sin salida ni arcenes
que se dirigen
por el desierto de mis propios párpados
hacia la inexactitud
tronco de la diana,
esa diana oblicua de mis deseos...
imposibles.
(1) vena basílica.
Última edición: