Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Nada permanece,
ni siquiera este verso
que nace y se desvanece
como humo en la memoria del cosmos.
Pisamos el río
y no somos los mismos,
ni el agua es igual
ni el alma que la roza.
Todo arde.
El mundo no es piedra:
es llama,
y la llama no tiene hogar.
Se enciende en lo efímero
y se apaga en el deseo.
Somos sombras del instante,
dibujos en la arena de un tiempo sin dueño.
¿Qué somos sino tránsito,
eco del eco
que nunca se repite?
Querer aferrarse
es pelear con el viento.
La verdad se desliza,
pero en su huida
nos enseña a danzar.
Heráclito ríe desde el fuego,
porque el cambio es la ley,
y vivir,
aceptarla.
El ser es un puente —decía el sabio—,
no una morada,
y el alma que no fluye
se convierte en su propia prisión.
La eternidad
no está en detener el mundo,
sino en mirar su fuga
como quien ama
lo que se escapa.
Hay belleza en el instante
que no vuelve,
y paz
en la renuncia a comprenderlo todo.
Quizá la sabiduría
no esté en la respuesta,
sino en aprender a escuchar
el silencio
entre pregunta y pregunta.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
ni siquiera este verso
que nace y se desvanece
como humo en la memoria del cosmos.
Pisamos el río
y no somos los mismos,
ni el agua es igual
ni el alma que la roza.
Todo arde.
El mundo no es piedra:
es llama,
y la llama no tiene hogar.
Se enciende en lo efímero
y se apaga en el deseo.
Somos sombras del instante,
dibujos en la arena de un tiempo sin dueño.
¿Qué somos sino tránsito,
eco del eco
que nunca se repite?
Querer aferrarse
es pelear con el viento.
La verdad se desliza,
pero en su huida
nos enseña a danzar.
Heráclito ríe desde el fuego,
porque el cambio es la ley,
y vivir,
aceptarla.
El ser es un puente —decía el sabio—,
no una morada,
y el alma que no fluye
se convierte en su propia prisión.
La eternidad
no está en detener el mundo,
sino en mirar su fuga
como quien ama
lo que se escapa.
Hay belleza en el instante
que no vuelve,
y paz
en la renuncia a comprenderlo todo.
Quizá la sabiduría
no esté en la respuesta,
sino en aprender a escuchar
el silencio
entre pregunta y pregunta.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados