prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un pequeño fuego encendido en el iris
por los salvajes aguados del remordimiento
y la ciudad se vuelve sentimental, sus ruinas reinician el derrumbe
se traza en el cielo un cable de niebla
y me observo distanciado y robando clavos de mis vecinos
( al faltar, dicen que son los mismos que crucificaron las palmas de Jesús)
para construir un espacio donde quepa el olvido,
una barrera de medusas a ese mar de lágrimas.
La histeria cotidiana anda descalza y patea a los perros.
Hay un color abierto al suicidio, una especie de gris de la sangre
que se cuela por las fosas nasales de los bisontes.
Pero eso pasa lejos. Aquí susurra el insomnio grave de las tumbas
y la falda flamenca del alma acordona la cera de la noche.
Las manos de un mendigo doblan las sabanas del alba,
se rompen las cabezas de vidrio del hielo.
La primavera está a un paso de tu ausencia, imperceptible
y devota como un paladar de guillotinas.
Entre los depredadores del alma, los colmillos de la soledad
son redondos y no hieren mucho.
Al despertar efímeras moradas nos dejan saber
que por el mapa del silencio
se proyecta un continente de capullos evadidos, de esperanzas sin flor.
por los salvajes aguados del remordimiento
y la ciudad se vuelve sentimental, sus ruinas reinician el derrumbe
se traza en el cielo un cable de niebla
y me observo distanciado y robando clavos de mis vecinos
( al faltar, dicen que son los mismos que crucificaron las palmas de Jesús)
para construir un espacio donde quepa el olvido,
una barrera de medusas a ese mar de lágrimas.
La histeria cotidiana anda descalza y patea a los perros.
Hay un color abierto al suicidio, una especie de gris de la sangre
que se cuela por las fosas nasales de los bisontes.
Pero eso pasa lejos. Aquí susurra el insomnio grave de las tumbas
y la falda flamenca del alma acordona la cera de la noche.
Las manos de un mendigo doblan las sabanas del alba,
se rompen las cabezas de vidrio del hielo.
La primavera está a un paso de tu ausencia, imperceptible
y devota como un paladar de guillotinas.
Entre los depredadores del alma, los colmillos de la soledad
son redondos y no hieren mucho.
Al despertar efímeras moradas nos dejan saber
que por el mapa del silencio
se proyecta un continente de capullos evadidos, de esperanzas sin flor.
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