danie
solo un pensamiento...
Filosas cuchillas se clavan en la noche
y en su vestido de macilentas calas y crisantemos,
ese vestido que tanto transitó por mis desvelos
y sus recuerdos.
Las paredes de mi tiempo se contraen con cada latido,
allende de cada respiración,
asimismo con cada febril y convulsionado
espectro
que dormita en mi pecho,
y que casi nunca despierta,
pero cuando lo hace
me derrumba y destruye con su argamasa
de pesadas capas de balbuceos atroces
que asciende desde el mismo Leteo.
Y yo sin poder oír las nítidas voces
que gritan los labios inertes del deseo,
sin poder rescatar los rostros
encerrados en mi espejo,
sin poder redimir a mis ofelicas visiones
flotando entre los nenúfares
del abismo de mis cielos.
Todo se vuelve un éter baldío,
una infinita brecha del oscuro silencio
que descompone hasta las melodías,
los abriles, los verdores y sus ensueños,
y yo sólo quedo…
como puntos suspensivos
de un cardiograma para mis ánimos
sin pulsaciones,
marchitos,
ciegos…
Como una palabra muda
que intenta aullar las filosas cuchillas
bajo la penumbra de un plenilunio cancerbero.
y en su vestido de macilentas calas y crisantemos,
ese vestido que tanto transitó por mis desvelos
y sus recuerdos.
Las paredes de mi tiempo se contraen con cada latido,
allende de cada respiración,
asimismo con cada febril y convulsionado
espectro
que dormita en mi pecho,
y que casi nunca despierta,
pero cuando lo hace
me derrumba y destruye con su argamasa
de pesadas capas de balbuceos atroces
que asciende desde el mismo Leteo.
Y yo sin poder oír las nítidas voces
que gritan los labios inertes del deseo,
sin poder rescatar los rostros
encerrados en mi espejo,
sin poder redimir a mis ofelicas visiones
flotando entre los nenúfares
del abismo de mis cielos.
Todo se vuelve un éter baldío,
una infinita brecha del oscuro silencio
que descompone hasta las melodías,
los abriles, los verdores y sus ensueños,
y yo sólo quedo…
como puntos suspensivos
de un cardiograma para mis ánimos
sin pulsaciones,
marchitos,
ciegos…
Como una palabra muda
que intenta aullar las filosas cuchillas
bajo la penumbra de un plenilunio cancerbero.
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