Arriba, en los capiteles, ríen los duendes.
El ángel sólo teme al orgullo del mundo,
levanta sus aspas como un Atlas enfermo.
Han regresado, y ahora palidecen bajo palabras
de fuego. Una oración circula, siniestra, como un sol
de veinte páginas de nube. Llora la piedad circuncidada,
lejos de los apellidos, próxima a los hombros
calcinándose en mantos de noche rajada. Pienso en museos
tan antiguos como el círculo, mis largos brazos tocan la plata
de un cáliz dividido, presiento dólmenes fugitivos del relámpago,
sueñan las imágenes con raíces de árbol, su savia inunda la cera,
el álamo oscuro del rencor. Volverán las cajas sonoras,
regresarán al pecho virgen, blanco como un espejo de nieve.
Es la quietud o la paz roja el cenicero de estas almas,
parpadean los órganos temidos por la araña,
se abre mi corazón como una vidriera de sangre,
la luz baja al filo de los púlpitos, la ira reposa
en mandamientos bordados. Yo arranco lirios de amor
de sus párpados y los lanzo a la primavera, igual
que un hombre cojo que aún se ciñe veranos.
El ángel sólo teme al orgullo del mundo,
levanta sus aspas como un Atlas enfermo.
Han regresado, y ahora palidecen bajo palabras
de fuego. Una oración circula, siniestra, como un sol
de veinte páginas de nube. Llora la piedad circuncidada,
lejos de los apellidos, próxima a los hombros
calcinándose en mantos de noche rajada. Pienso en museos
tan antiguos como el círculo, mis largos brazos tocan la plata
de un cáliz dividido, presiento dólmenes fugitivos del relámpago,
sueñan las imágenes con raíces de árbol, su savia inunda la cera,
el álamo oscuro del rencor. Volverán las cajas sonoras,
regresarán al pecho virgen, blanco como un espejo de nieve.
Es la quietud o la paz roja el cenicero de estas almas,
parpadean los órganos temidos por la araña,
se abre mi corazón como una vidriera de sangre,
la luz baja al filo de los púlpitos, la ira reposa
en mandamientos bordados. Yo arranco lirios de amor
de sus párpados y los lanzo a la primavera, igual
que un hombre cojo que aún se ciñe veranos.