Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
En una jaula de oro
vivía prisionero un bello loro
que siempre repetía
lo que una noble anciana le decía.
“¡Cuán bella soy, cuán grata
al pincel del autor que me retrata!
Que aunque a mi edad no esté de maravilla,
yo brinco cual chiquilla
y así son los amagos
que este loro repite con halagos”.
Pero por avatares del destino
el ave terminó mal su camino
y a la anciana llovieron desengaños
después de tantos años.
Por tanto, su elegancia,
su brío y su arrogancia
fueron su fundamento y su consuelo
y ella los conservó con gran recelo.
En ocasión concreta
la vieja fue a una cena de etiqueta
y todos la miraban
mientras a sus espaldas murmuraban:
“¿Por qué esta abuela ante unos
de porte de tan decrépito presume
si su vejez consume
en abalorios rancios y viejunos?
¡Bien quedaría en casa
a salvo de la edad y sus achaques!
Porque ponerle freno
a todos sus ataques
es remedio eficaz, ungüento bueno”.
Observando la vieja
que el vulgo repetía esta conseja
y habiendo descubierto
que cuanto murmuraban era cierto,
llorosa y sin decoro
añoró los halagos de su loro.
*Solemos con frecuencia
elogiarnos con suma prepotencia
y de nuestra figura
buscar la inteligencia y la hermosura;
mas quien se halague a solas gratamente
no será visto igual por otra gente
y todas sus bellezas
de muchos serán burlas y extrañezas.
© Abraham Ferreira Khalil
vivía prisionero un bello loro
que siempre repetía
lo que una noble anciana le decía.
“¡Cuán bella soy, cuán grata
al pincel del autor que me retrata!
Que aunque a mi edad no esté de maravilla,
yo brinco cual chiquilla
y así son los amagos
que este loro repite con halagos”.
Pero por avatares del destino
el ave terminó mal su camino
y a la anciana llovieron desengaños
después de tantos años.
Por tanto, su elegancia,
su brío y su arrogancia
fueron su fundamento y su consuelo
y ella los conservó con gran recelo.
En ocasión concreta
la vieja fue a una cena de etiqueta
y todos la miraban
mientras a sus espaldas murmuraban:
“¿Por qué esta abuela ante unos
de porte de tan decrépito presume
si su vejez consume
en abalorios rancios y viejunos?
¡Bien quedaría en casa
a salvo de la edad y sus achaques!
Porque ponerle freno
a todos sus ataques
es remedio eficaz, ungüento bueno”.
Observando la vieja
que el vulgo repetía esta conseja
y habiendo descubierto
que cuanto murmuraban era cierto,
llorosa y sin decoro
añoró los halagos de su loro.
*Solemos con frecuencia
elogiarnos con suma prepotencia
y de nuestra figura
buscar la inteligencia y la hermosura;
mas quien se halague a solas gratamente
no será visto igual por otra gente
y todas sus bellezas
de muchos serán burlas y extrañezas.
© Abraham Ferreira Khalil