Cuando en el pavoroso y gris pantano
giren ecos de la correcta orbe,
por tanto cisne y ala blanca que estorbe,
no cesa el ventarrón ni el eco enano.
Y en la ferocidad de los rugidos,
(que en dicha los aires sobrevuelan
y en el acontecer con velas velan,
la claridad de la luz eminente,
sobre el ojo cerrado de la gente,
que la estulticia, de celeste, revelan)
la majestuosa noche se la encela
a la capa que le da el zumbido.
Y mientras oscurecen los vestidos,
sobre el gélido pavimento cano,
se enoja la noche, y con insano
cubre con el manto, y queda revestido.
giren ecos de la correcta orbe,
por tanto cisne y ala blanca que estorbe,
no cesa el ventarrón ni el eco enano.
Y en la ferocidad de los rugidos,
(que en dicha los aires sobrevuelan
y en el acontecer con velas velan,
la claridad de la luz eminente,
sobre el ojo cerrado de la gente,
que la estulticia, de celeste, revelan)
la majestuosa noche se la encela
a la capa que le da el zumbido.
Y mientras oscurecen los vestidos,
sobre el gélido pavimento cano,
se enoja la noche, y con insano
cubre con el manto, y queda revestido.