Sommbras
Poeta adicto al portal
.
Estoy escuchando su beso.
Con la boca entreabierta y los ojos en sus caderas.
Primero acerca una mirada envuelta en su sonrisa.
La luna a lo lejos.
Luego sopla una brisa, una brisa azucarada.
Ella sabe a café.
La brisa nos lleva y el cielo se pone a girar.
Agua y fuego. En su beso todo.
Detrás de la nuca algo desconocido está pendiente de nosotros.
Con los ojos cerrados, en otra tarde sin olvido, y mientras llega el camarero a la mesa de esta terraza, estoy escuchando su beso.
Sus labios pintados con pétalos de buganvilias.
El beso, que siempre lo lleva ella en su boca, el beso que bebe instantes de eternidad, el beso que engaña a la vida, siempre debería de estar en mi boca.
No, un beso así no debe de justificarse, porque el beso no-pensado es la certeza de que el pensamiento no tiene razón.
Estoy escuchando su beso.
Yo volaba hacia una estrella, donde no existía yo.
Y mientras, el cielo andalusí desplegaba sus atardeceres invernales lentamente detrás de mis hombros.
Beso lejano. Está solo, del todo mudo, y aún más, como un viejo beso hundido en el tiempo, beso hambriento está cubierto de tiempo.
Los besos granulosos y nevados de mi cabeza.
El beso que no parpadea.
Porque el beso en el mar no finge como finge en las ciudades.
Ella tenía un beso hermoso, como una isla a barlovento.
Recuerdo que en mí posó su beso y en mí lo dejó para siempre. Mujer, en mí su beso, conjunto de besos, toda mi alma se lamenta de no tenerte.
Devuélveme el beso, devuélveme otra vez el amarillo del mar mediterráneo, hazme otra vez tener entre mis labios la cabeza de Dios.
Ahora abro los ojos. Volver a las cosas comunes. El mar, la brisa, el barrendero. Las manchas del sol. El lunar de su cuello. Una cerveza dibujada en un cenicero. Los nudos de la vieja madera debajo del polvo de la mesa. La vida arroja sal a la luz, recojo los colores, quizá sea uno mismo el beso, la oscuridad todo lo cubre, y otro beso se hace visible gracias al silencio.
Llega el camarero. Aparco mi pluma. Cierro mi cuaderno. Suspiro. Giro mi cabeza y encuentro la noche. Guardo el beso en la carpeta verde, y dentro de la tapa escucho gemir su beso.
Sommbras
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Estoy escuchando su beso.
Con la boca entreabierta y los ojos en sus caderas.
Primero acerca una mirada envuelta en su sonrisa.
La luna a lo lejos.
Luego sopla una brisa, una brisa azucarada.
Ella sabe a café.
La brisa nos lleva y el cielo se pone a girar.
Agua y fuego. En su beso todo.
Detrás de la nuca algo desconocido está pendiente de nosotros.
Con los ojos cerrados, en otra tarde sin olvido, y mientras llega el camarero a la mesa de esta terraza, estoy escuchando su beso.
Sus labios pintados con pétalos de buganvilias.
El beso, que siempre lo lleva ella en su boca, el beso que bebe instantes de eternidad, el beso que engaña a la vida, siempre debería de estar en mi boca.
No, un beso así no debe de justificarse, porque el beso no-pensado es la certeza de que el pensamiento no tiene razón.
Estoy escuchando su beso.
Yo volaba hacia una estrella, donde no existía yo.
Y mientras, el cielo andalusí desplegaba sus atardeceres invernales lentamente detrás de mis hombros.
Beso lejano. Está solo, del todo mudo, y aún más, como un viejo beso hundido en el tiempo, beso hambriento está cubierto de tiempo.
Los besos granulosos y nevados de mi cabeza.
El beso que no parpadea.
Porque el beso en el mar no finge como finge en las ciudades.
Ella tenía un beso hermoso, como una isla a barlovento.
Recuerdo que en mí posó su beso y en mí lo dejó para siempre. Mujer, en mí su beso, conjunto de besos, toda mi alma se lamenta de no tenerte.
Devuélveme el beso, devuélveme otra vez el amarillo del mar mediterráneo, hazme otra vez tener entre mis labios la cabeza de Dios.
Ahora abro los ojos. Volver a las cosas comunes. El mar, la brisa, el barrendero. Las manchas del sol. El lunar de su cuello. Una cerveza dibujada en un cenicero. Los nudos de la vieja madera debajo del polvo de la mesa. La vida arroja sal a la luz, recojo los colores, quizá sea uno mismo el beso, la oscuridad todo lo cubre, y otro beso se hace visible gracias al silencio.
Llega el camarero. Aparco mi pluma. Cierro mi cuaderno. Suspiro. Giro mi cabeza y encuentro la noche. Guardo el beso en la carpeta verde, y dentro de la tapa escucho gemir su beso.
Sommbras
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