Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Es el tiempo de las cenizas
que nos acoge,
el tiempo de los bastones blancos sobre el mantel verde,
el tiempo del silencio encapsulado,
de las palabras enlatadas en el camino de la noche,
sin estrellas y sin tregua,
el tiempo en el que el agua detiene su corriente
y espera
delante de una presa
y sueña
con saltar por encima de unos ojos,
el tiempo de las cruces y las restas,
del gran interrogante
en el cristal quebrado del espejo,
el tiempo en que dejamos de ser:
línea recta sin ángulos y sin miedo,
ese horizonte donde es posible ver las casas
lejanas de un pueblo,
el humo de una chimenea,
el calor de un hogar
con cada una de sus huellas vistiendo las paredes
sin necesidad de clavos que recuerden
lo que fuimos, lo que tuvo que ser alguna vez,
ese círculo de vida enmascarado
en un cuadrado sin odios aparentes
que lo encerraran,
pues era la verdad de una geometría sin fisuras
ya perdida.
Ahora es el tiempo
de volver a estudiar de otra manera
las matemáticas de niño,
olvidando escalas y porcentajes,
máximos y mínimos,
productos y cocientes;
es el tiempo de valorar la grandeza del cero
y del espacio que atesora,
la única manera de transmutar despojos
en algo nuevamente vivo,
la ceniza que vuelva a nuestra frente,
el poder de lo verde, con su corona de espinas.
que nos acoge,
el tiempo de los bastones blancos sobre el mantel verde,
el tiempo del silencio encapsulado,
de las palabras enlatadas en el camino de la noche,
sin estrellas y sin tregua,
el tiempo en el que el agua detiene su corriente
y espera
delante de una presa
y sueña
con saltar por encima de unos ojos,
el tiempo de las cruces y las restas,
del gran interrogante
en el cristal quebrado del espejo,
el tiempo en que dejamos de ser:
línea recta sin ángulos y sin miedo,
ese horizonte donde es posible ver las casas
lejanas de un pueblo,
el humo de una chimenea,
el calor de un hogar
con cada una de sus huellas vistiendo las paredes
sin necesidad de clavos que recuerden
lo que fuimos, lo que tuvo que ser alguna vez,
ese círculo de vida enmascarado
en un cuadrado sin odios aparentes
que lo encerraran,
pues era la verdad de una geometría sin fisuras
ya perdida.
Ahora es el tiempo
de volver a estudiar de otra manera
las matemáticas de niño,
olvidando escalas y porcentajes,
máximos y mínimos,
productos y cocientes;
es el tiempo de valorar la grandeza del cero
y del espacio que atesora,
la única manera de transmutar despojos
en algo nuevamente vivo,
la ceniza que vuelva a nuestra frente,
el poder de lo verde, con su corona de espinas.