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Enero 2.0

Gonvedo

Poeta asiduo al portal
Un niño pone en marcha
el mundo, aún torpes los pies.
Él ve más allá de la montaña,
caldera de los vientos,
y enero comienza a batir las alas
llenando de su tiempo este errático
silencio de vuelo detenido, de herida
transparencia. El fuego transita
en la morada de los astros, el corazón
nevado del bosque tiembla a la luz
de las estrellas.

Enero con el sol extramuros, el fulgor
de una promesa y su quebranto,
el frenesí suicida de las aguas, un invierno
de rosas petrificadas. El mar a la orilla
de mis ojos desbordado en su estatura.
Un faro del que gotea una arteria de luz.

Enero como un paisaje derruido
que lleva en cada sombra de nube
el corazón helado de los pájaros.
Esa música de números con su geometría
de ángulos agudos que se eleva
hasta el instante mismo de la consagración
de la tierra y el viento. Un invierno de vino
verde en la pupila, salvaje e inocente, jirones
ya sin flor de un viejo tronco
sobre el que alguien gravó un nombre y una fecha
que el tiempo ya no reconoce.
Ocurre así en toda tierra olvidada por el tiempo.

Enero un pedazo del álgebra de la vida,
una noche como un nudo de estrellas
colgando de una cornisa en lontananza.
El cielo un ave fría desplomándose
sobre estos campos de luto. La luna
que duerme sobre cristales rotos. El viento
que profana la tierra no conoce otra lengua
que la del extranjero.
Enero se sucede de continuo en la memoria
de la lluvia.
 
Un niño pone en marcha
el mundo, aún torpes los pies.
Él ve más allá de la montaña,
caldera de los vientos,
y enero comienza a batir las alas
llenando de su tiempo este errático
silencio de vuelo detenido, de herida
transparencia. El fuego transita
en la morada de los astros, el corazón
nevado del bosque tiembla a la luz
de las estrellas.

Enero con el sol extramuros, el fulgor
de una promesa y su quebranto,
el frenesí suicida de las aguas, un invierno
de rosas petrificadas. El mar a la orilla
de mis ojos desbordado en su estatura.
Un faro del que gotea una arteria de luz.

Enero como un paisaje derruido
que lleva en cada sombra de nube
el corazón helado de los pájaros.
Esa música de números con su geometría
de ángulos agudos que se eleva
hasta el instante mismo de la consagración
de la tierra y el viento. Un invierno de vino
verde en la pupila, salvaje e inocente, jirones
ya sin flor de un viejo tronco
sobre el que alguien gravó un nombre y una fecha
que el tiempo ya no reconoce.
Ocurre así en toda tierra olvidada por el tiempo.

Enero un pedazo del álgebra de la vida,
una noche como un nudo de estrellas
colgando de una cornisa en lontananza.
El cielo un ave fría desplomándose
sobre estos campos de luto. La luna
que duerme sobre cristales rotos. El viento
que profana la tierra no conoce otra lengua
que la del extranjero.
Enero se sucede de continuo en la memoria
de la lluvia.
Una sensible y profunda poesía.
Cargada de metáforas.

Saludos
 
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