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En una Noche

Edouard

Poeta adicto al portal
Del sepulcro insondable y malicioso, asentado en el atrio de un blasfemo convento, se escucha el suspiro y pataleo de un ser abominable. Cuya esencia inmuta se engarza primorosa al corruptible cuerpo. Pero aún no ha llegado su hora. La estrella de la noche ilumina de lleno el lugar pavoroso. Y la gente supersticiosa se agolpa con teas llameantes al agujero de la Santa Muerte. Pudiendo apreciar cómo un hombre harapiento sale de su ataúd de caoba. Entonces suelta unas palabras inconexas para luego caer redondo. Todo él cubierto por su propia sangre. Ya hacía dos lunas que el populacho había retirado la losa granítica consagrada a la magna Muerte. Y ahora respiran ahogados al ver cómo el muerto yacía con su señora el Pecado.
 
dragon_ecu, más que a unas navidades, mi prosa se aproxima a un ambiente recargado por una atmósfera cuyo insigne simbolismo recuerda los penetrantes parajes de un medievo soporífero. Donde las gentes estaban al tanto de tantas supersticiones que tenían que, o bien encerrarse en sus enmohecidas casas, o bien salir al encuentro de la maligna noche. Donde la Muerte vagaba a sus anchas para complacencia de los divinos difuntos a los cuales aún no les había llegado su hora de remontarse en espíritu fogoso al ultra mundo. Atentamente Edouard.
 
homo-adictus, aquel ser harapiento que suspiraba, mientras los aldeanos lo observaban amedrentados tras haber descorrido la losa sepulcral de su nido del averno, había estado cohabitando, mientras su vida estaba en una especie de suspenso anímico, con el Pecado. Era pues singular pero también a la vez lógico que trepase a las afueras del atrio del convento como un difunto en ciernes de mostrar la cara oculta de la Muerte. Todo él embadurnado en sangre propia. Atentamente Edouard.
 
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