Del sepulcro insondable y malicioso, asentado en el atrio de un blasfemo convento, se escucha el suspiro y pataleo de un ser abominable. Cuya esencia inmuta se engarza primorosa al corruptible cuerpo. Pero aún no ha llegado su hora. La estrella de la noche ilumina de lleno el lugar pavoroso. Y la gente supersticiosa se agolpa con teas llameantes al agujero de la Santa Muerte. Pudiendo apreciar cómo un hombre harapiento sale de su ataúd de caoba. Entonces suelta unas palabras inconexas para luego caer redondo. Todo él cubierto por su propia sangre. Ya hacía dos lunas que el populacho había retirado la losa granítica consagrada a la magna Muerte. Y ahora respiran ahogados al ver cómo el muerto yacía con su señora el Pecado.