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En el pozo

Pessoa

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EN EL POZO


Un día más cierro la puerta de mi herida,
y corro el cerrojo de sus hojas como garras,
hojas de plomo que yo mismo fundí en grave noche.

Un día más nadie vino a restañarla con mano suave,
ni mi sangre ha hecho fecunda alguna tierra estéril.
Un día más, Señor, ¿qué has hecho de mí?

Me pudro en el fondo de mí mismo,
ya tan hondo que mis ojos no distinguen,
tan apenas, la luz redonda de mi boca.

He dejado de gritar, pues mi voz sólo retumba en el silencio
y lo destruye como a un negro cristal que no resuena,
como a una arquitectura desosada,colgada de una luz vertiginosa.

Ya no distingo el sueño de la noche de aquel otro de la muerte
y mis manos sólo palpan los abruptos minerales que me acosan,
disputándome este hueco que ahora ocupo, ínfimo vértice de la nada.

Si al menos fuese agua cristalina mi yacija,
agua leve, que aún conserve en sus entrañas
el fulgor de alguna luz, como ojos no cerrados.

Si no cruces de silencio, sino rojas llamaradas fuesen mi flagelo,
entonces, Señor, resistiría este olvido que me espanta
y me confunde: el olvido de ser hombre.



3_Ne_sommes-nous.jpg
 
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EN EL POZO


Un día más cierro la puerta de mi herida,
y corro el cerrojo de sus hojas como garras,
hojas de plomo que yo mismo fundí en grave noche.

Un día más nadie vino a restañarla con mano suave,
ni mi sangre ha hecho fecunda alguna tierra estéril.
Un día más, Señor, ¿qué has hecho de mí?

Me pudro en el fondo de mí mismo,
ya tan hondo que mis ojos no distinguen,
tan apenas, la luz redonda de mi boca.

He dejado de gritar, pues mi voz sólo retumba en el silencio
y lo destruye como a un negro cristal que no resuena,
como a una arquitectura desosada,colgada de una luz vertiginosa.

Ya no distingo el sueño de la noche de aquel otro de la muerte
y mis manos sólo palpan los abruptos minerales que me acosan,
disputándome este hueco que ahora ocupo, ínfimo vértice de la nada.

Si al menos fuese agua cristalina mi yacija,
agua leve, que aún conserve en sus entrañas
el fulgor de alguna luz, como ojos no cerrados.

Si no cruces de silencio, sino rojas llamaradas fuesen mi flagelo,
entonces, Señor, resistiría este olvido que me espanta
y me confunde: el olvido de ser hombre.



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ante las debilidades sabemos caer fácilmente, aunque el paso siguiente al levantarse muchos dejan la fe botada, grato leerle
 
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