Brilla en la medianoche, allá en lontananza, un zafiro estrellado que no se conmueve ni ante los perversos juegos de los hombres crapulosos y demacrados. Ese portento singular del mundo sublunar guía en la espesura de la eternidad a las mujeres y los niños hacia el risco donde puedan contemplar sobresaltados el vacío que tiembla a sus pies. Pero cuando llega la aurora, el zafiro desaparece y las cabriolas de los seres diurnos se burlan de las alucinaciones de los nocturnos. Los cuales desisten de toda empresa de explicar con tono multicolor la Verdad encarnada que se vaporizó; cuando la inmensidad del día comenzó a jugar en las mentes de los incrédulos con sofismas de podredumbre ateísmo recalcitrante. Sin embargo, los fervorosos creyentes están firmes en que - cuando vuelva el crepúsculo - tal piedra preciosa que en lucero reconvertido se encendió, volverá a iluminar los parajes desérticos de una naturaleza manchada con el reguero de luz divina. E invitará a sus neófitos a descansar otra vez en el regazo materno de la madre tierra tierna y plena.