El viejo bailarín.
Por Hebert Fayet
Lo conoció desde niño allá por el Barrio Reo
y lo bailó desde mozo en los bailes de La Unión
en noches inolvidables salpicadas de ilusión
y en una cita de amor por todo Montevideo.
Quien lo supo introducír fue el rengo del organito
por los barrios suburbanos que adornan la capital
y el tango con su presencia iluminó el arrabal
con muchachas de percal por los bares del Cerrito.
Cruzó el charco y lo bailó bien al estilo Oriental
dando clase en los salones con su estilo diferente
y en ambiente fraternal se hizo querer por la gente
en Villa Crespo, Palermo, Abasto y La Paternal.
A pesar del tiempo ido su cariño no ha mermado
él lleva el tango en el alma y con el ha de morir
y a pesar que le han cambiado su manera de vestir
guarda su esencia y sentir aunque más modernizado.
Cree vivír en una celda a la que han puesto cerrojos
pues aquellos que lo aman no lo dejan trasnochar
esta enfermo mira tele y al ver un tango bailar
sus hijos pueden notar que se humedecen sus ojos.
Por Hebert Fayet
Lo conoció desde niño allá por el Barrio Reo
y lo bailó desde mozo en los bailes de La Unión
en noches inolvidables salpicadas de ilusión
y en una cita de amor por todo Montevideo.
Quien lo supo introducír fue el rengo del organito
por los barrios suburbanos que adornan la capital
y el tango con su presencia iluminó el arrabal
con muchachas de percal por los bares del Cerrito.
Cruzó el charco y lo bailó bien al estilo Oriental
dando clase en los salones con su estilo diferente
y en ambiente fraternal se hizo querer por la gente
en Villa Crespo, Palermo, Abasto y La Paternal.
A pesar del tiempo ido su cariño no ha mermado
él lleva el tango en el alma y con el ha de morir
y a pesar que le han cambiado su manera de vestir
guarda su esencia y sentir aunque más modernizado.
Cree vivír en una celda a la que han puesto cerrojos
pues aquellos que lo aman no lo dejan trasnochar
esta enfermo mira tele y al ver un tango bailar
sus hijos pueden notar que se humedecen sus ojos.