claudiorbatisti
claudiorbatisti
El vagabundo
Era vísperas de Navidad y estaba apoyado un una sucia pared del subterráneo. Con la mente perturbada dentro de la niebla estiraba los brazos implorando piedad. La barba blanquecina contrastaba con el bronceado colorido de una piel rústica como la de un cartón co-arrugado, mientras los reflejos pardos de sus ojos iluminaban una mirada de inquieta fiereza. Tendría alrededor de cincuenta años o tal vez un poco más pero parecía un viejo zaparrastroso.
En un instante me lo encontré delante y por instinto busqué evitarlo, cuando de improviso una extraña luz pareció brillar en sus ojos. Choqueado quedé inmóvil pensando como evitarlo, pero quedé atontado por un trueno que silente, fue mas allá de mis pensamientos.
Un muchacho le ofreció un cigarrillo que el mendigo quiso tomar con su mano temblorosa. El sordo soplido de la llamarada iluminó de forma breve su cara y me envolvió en una extraña turbación. De golpe la memoria pareció acercarme a un remolino impetuoso que estalló en mi mente como el filo de una navaja.
Me parecía haberlo conocido desde siempre, de haber compartido restos de alguna antigua vida y más me miraba y más era la sensación que me arrimaba a él.
Rápido alejé la indiferencia dejando que las reminiscencias alargaran la brecha, pero aunque me esforcé, nada aparecía en mi callada superficie del olvido.
Con el alma erosionada por aquel gusano que me horadaba, desembolsé unos pocos billetes que con prisa puse en su mano. El hombre me agradeció con el imperceptible guiño de sus ojos, y luego con paso incierto comenzó a alejarse.
De improviso no vi más su cuerpo renegrido, la indecencia de su ropa hecha jirones, la cruel oscuridad del destino se había apoyado en su cabeza gacha. Era la sombra de un viejo cansado que lentamente se desvanecía en la noche.
claudiorbatisti