El uniforme.
Vestir y calzar decentemente a cinco muchachos fue siempre el desvelo de mis padres. En primaria nunca tuve uniforme. Bueno, casi casi, porque siempre iba a la escuela con la misma ropa, un pantaloncito largo de caqui y una camisita blanca que se le había quedado a mi hermano mayor. Tenía que quitármelos al llegar de la escuela porque con esa muda no se podía mataperrear. Las reglas en eso eran claras: ropa de escuela, ropa de jugar (uno o dos chores más viejos) y ropa de salir, que era una muda mejorcita que incluía calzoncillo blanco de paticas, zapatos casi nuevos de lo poco que los usaba, y medias, los cuales a decir verdad, “me apretaban y daban calor”. Cada día antes de salir para la escuela mi mamá me inspeccionaba, me arreglaba la camisa, me revisaba las orejas, el peinado, y me hacía pasarle un trapito a los zapatos. Y el mandato: no retoces con esa ropa en la escuela, que hay que cuidarlo que se tiene!
En secundaria la cosa mejoró un poco, porque me dieron un uniforme carmelita de becado, con boticas “cañeras”. Este uniforme no me gustaba. Ni el color, ni su tela gruesa, calurosa, difícil de lavar y planchar, y que me daba la sensación de encierro, de estar preso. Las botas sí que me encantaban, me servían para todo, y las mantenía bien lustraditas, porque aunque mi mamá ya no me inspeccionaba, tenía como un reflejo condicionado con eso de los zapatos limpios.
Así que llegué a mi Escuela en el Campo “Batalla de las Guásimas” con ese uniforme carmelita, y un poco menos de “desamparo textil”. El día que se armó aquel movimiento extraño, la mayoría de los estudiantes no sabíamos inicialmente lo que pasaba. Gente rara, carros, modistas de La Habana por el pasillo… Yo creo que eso duró más de un día, pero las imágenes que guardo son confusas en cuanto al orden en que sucedieron las cosas. Recuerdo una señora mayor, gorda, que micrófono en mano preguntaba a los estudiantes en la formación y el teatro, el color preferido, el ancho de la corbatas, el tipo de saya para las niñas, el cinturón, cual chaqueta les gustaba más, en fin, se nos consultaron todos los detalles, y ya de noche formados en la plazoleta, fueron escogidos los alumnos que servirían de modelos, pero no podría citar ningún nombre de los elegidos. Lo que sí sé que el uniforme que salió como resultado de todo aquello fue muy bueno, para mi espectacular, adecuado al clima, color azul muy lindo, la saya short de las niñas fue muy bien recibida por ellas y también por los varones pues se veían muy sexis, (aunque no se usaba esa palabrita), las corbatas daban distinción y elegancia, las chaquetas magníficas, en fin que cuando al poco tiempo me puse ese uniforme me sentí muy feliz. Estaba tan contento que tal como me lo dieron, sin arreglarle nada, excepto doblarles para adentro los bajos a los pantalones, me lo puse el día de pase para dar la sorpresa. Llegué a mi casa, entré calladito, y me le paré delante a la vieja que estaba en su máquina “singer” remendando. Se me quedó mirando, alelada, sonriendo, con sus ojitos chinos agrandados como si hubiera visto un príncipe, y le dio un grito al viejo que estaba en el patio:
-Troadio, mira esto!
Y muchos años después fue que comprendí porqué se abrazaron frente a mí con los ojos aguados, como si hubiéramos ganado una guerra.
Vestir y calzar decentemente a cinco muchachos fue siempre el desvelo de mis padres. En primaria nunca tuve uniforme. Bueno, casi casi, porque siempre iba a la escuela con la misma ropa, un pantaloncito largo de caqui y una camisita blanca que se le había quedado a mi hermano mayor. Tenía que quitármelos al llegar de la escuela porque con esa muda no se podía mataperrear. Las reglas en eso eran claras: ropa de escuela, ropa de jugar (uno o dos chores más viejos) y ropa de salir, que era una muda mejorcita que incluía calzoncillo blanco de paticas, zapatos casi nuevos de lo poco que los usaba, y medias, los cuales a decir verdad, “me apretaban y daban calor”. Cada día antes de salir para la escuela mi mamá me inspeccionaba, me arreglaba la camisa, me revisaba las orejas, el peinado, y me hacía pasarle un trapito a los zapatos. Y el mandato: no retoces con esa ropa en la escuela, que hay que cuidarlo que se tiene!
En secundaria la cosa mejoró un poco, porque me dieron un uniforme carmelita de becado, con boticas “cañeras”. Este uniforme no me gustaba. Ni el color, ni su tela gruesa, calurosa, difícil de lavar y planchar, y que me daba la sensación de encierro, de estar preso. Las botas sí que me encantaban, me servían para todo, y las mantenía bien lustraditas, porque aunque mi mamá ya no me inspeccionaba, tenía como un reflejo condicionado con eso de los zapatos limpios.
Así que llegué a mi Escuela en el Campo “Batalla de las Guásimas” con ese uniforme carmelita, y un poco menos de “desamparo textil”. El día que se armó aquel movimiento extraño, la mayoría de los estudiantes no sabíamos inicialmente lo que pasaba. Gente rara, carros, modistas de La Habana por el pasillo… Yo creo que eso duró más de un día, pero las imágenes que guardo son confusas en cuanto al orden en que sucedieron las cosas. Recuerdo una señora mayor, gorda, que micrófono en mano preguntaba a los estudiantes en la formación y el teatro, el color preferido, el ancho de la corbatas, el tipo de saya para las niñas, el cinturón, cual chaqueta les gustaba más, en fin, se nos consultaron todos los detalles, y ya de noche formados en la plazoleta, fueron escogidos los alumnos que servirían de modelos, pero no podría citar ningún nombre de los elegidos. Lo que sí sé que el uniforme que salió como resultado de todo aquello fue muy bueno, para mi espectacular, adecuado al clima, color azul muy lindo, la saya short de las niñas fue muy bien recibida por ellas y también por los varones pues se veían muy sexis, (aunque no se usaba esa palabrita), las corbatas daban distinción y elegancia, las chaquetas magníficas, en fin que cuando al poco tiempo me puse ese uniforme me sentí muy feliz. Estaba tan contento que tal como me lo dieron, sin arreglarle nada, excepto doblarles para adentro los bajos a los pantalones, me lo puse el día de pase para dar la sorpresa. Llegué a mi casa, entré calladito, y me le paré delante a la vieja que estaba en su máquina “singer” remendando. Se me quedó mirando, alelada, sonriendo, con sus ojitos chinos agrandados como si hubiera visto un príncipe, y le dio un grito al viejo que estaba en el patio:
-Troadio, mira esto!
Y muchos años después fue que comprendí porqué se abrazaron frente a mí con los ojos aguados, como si hubiéramos ganado una guerra.