El semblante serio de aquel hombre iluminaba, con su aura de presbítero, toda la alucinada habitación de sombras coaguladas en la gélida noche. Se devanaba los sesos ante una renqueante idea posesiva; que lo cautivaba desde algún rincón obscuro de su lamentable espíritu de lana. Entonces, un martirio de voces penetró por sus oídos delicados. Para sumergirlo aún más si cabe en la locura en que estaba sumergido. Desde los santos albores de la muerte por cardiopatía de su dulce amada. Entonces, un relámpago golpeó la ventana ciega de su mazmorra insidiosa. Y el trueno subsiguiente hizo que despertase de la insania infeliz en que estaba sumergido. Abrió los negros ojos y vio ante sí el espectro de su fémina ya hace años muerta. Y aquella lo tocó por última vez, como en una despedida, con dedos de éter, en el corazón acobardado de su ya desvariado amante. Que a partir de entonces sólo querría la eterna muerte.