Roberto Elenes
Poeta recién llegado
Ya se ven las góndolas mortuorias sobre el riel
ya los íncubos y súcubos hacen abandonar a los muertos
las fosas de sus tumbas;
ya se enfilan rumbo a los vagones donde se acomodan
apilados en posturas babiecas;
ya los muertos conocieron su tragedia
y su mirada última refleja
lo que nadie sabrá;
ya lejos queda el mundo con sus cruces
bajo el manto sucio de la tierra y de la noche;
ya se van los transeúntes del andar
por un sin fin de pasillos y corredores;
ya parten con la boca y el paladar, amoratados,
y su piel de roto celofán;
ya parten con la cabeza partida y vacía de pensamientos;
ya tan solo sus ojos opacos divisan una lucecita
al fondo de ese túnel oscuro que es tu vagina:
Son tus ojos de luciérnaga,
¡Oh Eva-Muerte, sin ese túnel que disuelve nuestras angustias,
nunca habría alivio para nuestras almas!:
No habría alivio de no ser por ese tenue resplandor de tus ojos que ilumina la cuenta de los días hasta el empiezo de este viaje que nos lleva a la luz de un dorado amanecer.
ya los íncubos y súcubos hacen abandonar a los muertos
las fosas de sus tumbas;
ya se enfilan rumbo a los vagones donde se acomodan
apilados en posturas babiecas;
ya los muertos conocieron su tragedia
y su mirada última refleja
lo que nadie sabrá;
ya lejos queda el mundo con sus cruces
bajo el manto sucio de la tierra y de la noche;
ya se van los transeúntes del andar
por un sin fin de pasillos y corredores;
ya parten con la boca y el paladar, amoratados,
y su piel de roto celofán;
ya parten con la cabeza partida y vacía de pensamientos;
ya tan solo sus ojos opacos divisan una lucecita
al fondo de ese túnel oscuro que es tu vagina:
Son tus ojos de luciérnaga,
¡Oh Eva-Muerte, sin ese túnel que disuelve nuestras angustias,
nunca habría alivio para nuestras almas!:
No habría alivio de no ser por ese tenue resplandor de tus ojos que ilumina la cuenta de los días hasta el empiezo de este viaje que nos lleva a la luz de un dorado amanecer.