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El Tonto la Llaná V parte y fin de la historia

Recaredo

Poeta fiel al portal
A pesar de que mi instinto de tonto me aconsejaba salir corriendo de allí, me acerqué aún más a la Sebastianilla; no estaba totalmente convencido de que estuviera muerta y pensé (porque los tontos también pensamos alguna veces) que podría necesitar ayuda. Entonces volví a llamarla: ¡Sebastianilla! ¡Sebastianilla! -le grité- pero era inútil, la pobre estaba tan muerta, como todos los que allí se encontraban. Tenía la faldita levantada y su cosita al aire; las hormigas, las moscas y los tábanos se la estaban comiendo por allí.
A mí me dio mucha lástima verla de aquella manera, por lo que espanté a los bichos con mi mano y le bajé sus falditas. Ya iba a marcharme de allí para avisar al padre Nicanor, cuando unos zagales que se habían encaramado a la tapia me vieron y empezaron a gritar.
-¡El Tonto! ¡El Tonto! Ha sido el tonto.-
Entonces supe en verdad lo que era el miedo; él se apoderó de mí y eche a correr sin rumbo, sólo quería escapar de todo aquello. Cuando por fin deje de correr, pues ya el cansancio no me permitía dar un paso más, me encontré en medio de los montes totalmente perdido. Allí permanecí dos o tres, o cuatro, ¡no sé! los días que estuve escondido, alimentándome de raíces y yerbas del campo y bebiendo el agua de los arroyos. Tenía mucho miedo de volver al pueblo; pero la gente me buscaba y al final dieron conmigo y después de apaleárme como a un perro rabioso me llevaron atado ante la justicia.
-¡Criminal! ¡Criminal! Tonto ..ta, Casimiro, cómo has podido... -
Si, me trataron como a un criminal; porque eso era yo para ellos.
Pero yo no fui. Así intenté explicárselo a ellos y al señor Juez, en el juicio que me hicieron. Pero, como uno es tonto, no sabe articular palabra y ¡claro! me condenaron a Garrote. También intenté explicárselo al padre Nicanor, él entiende mi lengua de trapo más que nadie en el pueblo; pero por la forma en que me habla, tampoco me cree. Él insiste en que yo no lo recuerdo y por eso lo niego, ya que el diablo se vale de muchas tretas para confundir a los hombres y arrastrarlos al infiero; por eso me dice que me arrepienta y confiese, que así Dios, en su infinita misericordia, se apiadará de mí y no me dejará en manos del maligno. Pero yo le dije: -Padre, ¿Cómo puede uno arrepentirse de algo que no ha hecho?- Él no se da por enterado e insiste en que debo hacerlo. Entonces yo; por si las moscas, me arrepiento y digo: -Para que tú lo sepas Señor, Tú que llegas al corazón de los hombres; sean tontos o listos, sin necesidad de palabras, con mi corazón te digo que, Lo Siento. Tanto si soy culpable, como si no lo soy, que sepas Tú, Señor, que Casimiro se arrepiente.




Aclaración del tema.
Este relato no es más que la carta que el propio Casimiro dicto al funcionario de la prisión pocas horas antes de ser ajusticiado.
Dicho funcionario, que había entablado amistad con el preso, debido a la compasión que sentía hacia él, asegura en la P.D de la carta, no haber alterado una sola letra de lo que Casimiro le dictaba.
La carta se encontró en un baúl de la sacristía de la parroquia de Casas Bajas, pueblo de la Alpujarra granadina, dicho baúl contenía las pertenencias de un cura muy recordado en el pueblo y conocido por el Cura Gordo. El cual había sido párroco del mismo durante más de treinta años, hasta su muerte en el año 1912. Su nombre era Don Nicanor Rosales Santamaría.][/
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Recaredo

 
TONTO, MÁS QUE TONTO OTROS HICIERÓN MÁS QUE TU Y NO LOS JUSTIFICIARÓN éa, pá que los listos se espavilen mas jejejje un abrazote
 
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