La espada del rey clavada en tierra firme. Señal inequívoca del derrocamiento de una dinastía degenerada y mancillada por los amoríos impuros de una infanta con el demonio traidor de un noble avaricioso pero opulento. Sólo pensando en sí mismo para hacerse con las propiedades numerosas del oro y los castillos. Que duermen bajo el frío glacial de una tormentosa noche de invierno. Pero el destino, ese engranaje despiadado que sabe poner cada existencia en el lugar que le corresponde, infunde un sueño profético en el paje del desdichado monarca. Ni más ni menos que una visión onírica donde un joven demacrado recoge en pleno julio la cosecha de todo un año. La amontona en el cálido granero del Imperio y, al día siguiente, yace podrida y atestada de tábanos. El fiel servidor calla tal lúgubre espejismo de imágenes agolpadas en su joven sesera. Pero eso es traición. Su condescendencia ha de llevar irremediablemente a la ruina total y a la flagrante división despiadada del ya caído en ruinas territorio anglosajón.