El lamento agrio de aquel hombre despechado horadaba las paredes de corcho de su hogareña jaula. Sentía la fuerza odiosa de una llama inextinguible; en su pecho recubierto de barro negro. Pero, una noche de puntiaguda majestad lunar, quedó mudo de pavor. Había observado, a través del ojo de la cerradura de la puerta de latón, un enano con camisa de fuerza. Riendo como un macabro diablo. Cogió en la penumbra - alborotada por las sombras que un cirio negro hacía parpadear en el suelo - unas llaves de acero. Y, dirigiéndose hacia la salida de aquel inmundo lugar, sintió un susurro a sus espaldas que le heló por entero el tuétano. Entonces, se dio la vuelta y observó, montado en un gris cordero disecado al diminuto ser que antes había visto a través de la cerradura. Ya no llevaba la camisa de fuerza. Pero sí un pijama de rayas. Y, riendo y pataleando, le dijo unas palabras incongruentes que taladraron el cerebro del infeliz paisano. Llevándole a la obscura mansión del destartalado manicomio. Donde allí, entre quejidos y suspiros, se evaporaría su razón. Ya declinando en vértice obscuro en las ascuas ardientes de la vil locura.