En la cúspide de la cúpula estrellada se mecen los vientos a rebosar de lunas soporíferas. El ángulo sagrado del Amor mide con nostalgia el templo de aromas. Cuyo tránsito por las galerías celestiales obnubila de melosa melancolía a las almas. Cuyo nimbo eterno se agudiza al compás de una letanía dirigida de boca artificial de un engreído sacerdote. Entonces, del altar del sacrosanto lugar se posa un cáliz lleno de sangre. Y este es apurado por la sed que el monaguillo sentía en su paladar ahora gustoso. A las afueras es noche cerrada. Pero en el interior del palacio santo, los amarillos cirios mantienen estáticos sus llamas de juvenil vida vaporosa. Sin saber que tarde o temprano su luz remitirá.