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El Templo

Edouard

Poeta adicto al portal
En la cúspide de la cúpula estrellada se mecen los vientos a rebosar de lunas soporíferas. El ángulo sagrado del Amor mide con nostalgia el templo de aromas. Cuyo tránsito por las galerías celestiales obnubila de melosa melancolía a las almas. Cuyo nimbo eterno se agudiza al compás de una letanía dirigida de boca artificial de un engreído sacerdote. Entonces, del altar del sacrosanto lugar se posa un cáliz lleno de sangre. Y este es apurado por la sed que el monaguillo sentía en su paladar ahora gustoso. A las afueras es noche cerrada. Pero en el interior del palacio santo, los amarillos cirios mantienen estáticos sus llamas de juvenil vida vaporosa. Sin saber que tarde o temprano su luz remitirá.
 
homo-adictus, tal paraje arquitectónico plasma la serenidad celestial que el Amor silencioso escancia en una noche profunda y sagrada sobre sus soberbios pasadizos, de arrinconada melancolía teñida de una en ciernes demacrada beatitud. Allí, ni siquiera las artimañas hipócritas del aparente sacerdote pasan por alto ante el nimbo glorioso, que con su éter elástico lo empapa todo. Sólo el monaguillo se atreve a beber del prohibido cáliz a rebosar de sangre en expiación, mientras las llamas de las devotas velas se irán apagando ante la sensualidad impasible de ese palpitar absoluto que lo envuelve todo con parsimonia febril pero severa. Atentamente Edouard.
 
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