Con un encendido puro en la húmeda boca, y un vaso de ron añejo en la mano izquierda, nuestro obtuso personaje, de unas dimensiones diminutas, se acostaba siempre que de las rendijas de su lúgubre habitación asomaban los rayos áureos de la mañana. Por las noches se echaba al vicio del tabaco y la bebida. Mientras, sentado en un roído sofá, escuchaba las voces estridentes que, en su débil cerebro, husmeaban cual patológica enfermedad paranoide. Pero, una de aquellas veladas solitarias sonó el tambor. A las afueras de su cuarto. Ni se inmutó. El seguía con el monótono cuchicheo que, de su interior, habría de llevarlo al calabozo mugriento del manicomio. Apuró de fumar y beber. Y cuando ya la alborada presagiaba la luz natural de una nueva y rutinaria vida de estúpida galantería, escuchó de nuevo el nefasto tambor. Enfurecido, abrió la carcomida puerta. Y he ante él a un payaso. Todo engalanado con la ropa eterna del hazme reír. Le arrebató el vil instrumento. Y en un alarde de iracundia se lo hundió, hasta destrozarlo, en la cabeza de quien se había transfigurado de inmediato en su crónico médico de cabecera. Éste saltó sobre el insano enfermo, después de desasirse del tambor, y le pinchó en la yugular veneno líquido para matarlo.