danie
solo un pensamiento...
Cuando la hipocondría morriña herede los gajos de un cielo
y la sangre se derrame sobre las nubes desechas en llantos.
Cuando el laúd y la lira toquen melodías marchitas
y los ecos de las sombras recorran los campos Elíseos
y el monte Parnaso se vista de un mortaja de Invierno.
Cuando vacío este el iris de la mar de arena y sal ,
un piélago sin fondo, una cárcava colmada de runas
labradas por la historia y el tiempo,
por la humanidad sin precedencia y su Sol octogenario
de luz opaca rancia y muerta.
Cuando las peonías trepiden en el mustio río de los difuntos
y corrompidos sueños, ahogados en un viperino manantial.
No, no te sumerjas en el Leteo, ni duermas con el olvido,
no bebas su acónito néctar (labios de rubí de Perséfone).
Conocerás el Hades y los Lémures que lo moran,
las llagas sangrantes de un crepúsculo que reposará en la rivera
con la añoranza de un recuerdo, con los retahílas de las almas
y las postreras vigías loando el réquiem de los mortales cuerpos.
Solo cuando la tierra sangre en su eterna agonía
y las lápidas profesen tu nombre,
cuando los cuatro jinetes, los siervos de Satanás
surquen los trigales con fuego y la hambruna acune
la cuna de la prosapia del peregrino maltrecho.
Solo cuando sea olvidado tu nombre en los renglones
de esta apología y la pluma escriba cenizas una vez más.
No sucumbas, no te rindas ante las oscuras esperanzas
de los patibularios anhelos, las codicias del doloroso placer
y la boca ávida de los pútridos cadáveres,
ante los pálidos rostros de la efigie (la Necrópolis)
soberana de los vastos imperios del tormento.
Te cautivará, te atrapará y clavará sus buidos maxilares
en tu casto y virgen cuello.
No te rindas y sobretodo no bebas de la tristeza de su potestad
porque serás colgado entre sus vastos trofeos sombríos.
y la sangre se derrame sobre las nubes desechas en llantos.
Cuando el laúd y la lira toquen melodías marchitas
y los ecos de las sombras recorran los campos Elíseos
y el monte Parnaso se vista de un mortaja de Invierno.
Cuando vacío este el iris de la mar de arena y sal ,
un piélago sin fondo, una cárcava colmada de runas
labradas por la historia y el tiempo,
por la humanidad sin precedencia y su Sol octogenario
de luz opaca rancia y muerta.
Cuando las peonías trepiden en el mustio río de los difuntos
y corrompidos sueños, ahogados en un viperino manantial.
No, no te sumerjas en el Leteo, ni duermas con el olvido,
no bebas su acónito néctar (labios de rubí de Perséfone).
Conocerás el Hades y los Lémures que lo moran,
las llagas sangrantes de un crepúsculo que reposará en la rivera
con la añoranza de un recuerdo, con los retahílas de las almas
y las postreras vigías loando el réquiem de los mortales cuerpos.
Solo cuando la tierra sangre en su eterna agonía
y las lápidas profesen tu nombre,
cuando los cuatro jinetes, los siervos de Satanás
surquen los trigales con fuego y la hambruna acune
la cuna de la prosapia del peregrino maltrecho.
Solo cuando sea olvidado tu nombre en los renglones
de esta apología y la pluma escriba cenizas una vez más.
No sucumbas, no te rindas ante las oscuras esperanzas
de los patibularios anhelos, las codicias del doloroso placer
y la boca ávida de los pútridos cadáveres,
ante los pálidos rostros de la efigie (la Necrópolis)
soberana de los vastos imperios del tormento.
Te cautivará, te atrapará y clavará sus buidos maxilares
en tu casto y virgen cuello.
No te rindas y sobretodo no bebas de la tristeza de su potestad
porque serás colgado entre sus vastos trofeos sombríos.
Última edición: