En una lluviosa y fría noche de noviembre, en los aledaños de un viejo castillo, va un judío errante con ropas de monje franciscano cargando a sus espaldas un saco donde hay un muerto. Repican nonas en la capilla y él se va acercando a la fortificación de baluarte noble y enjundioso. Penetra por la puerta principal y un par de soldados le dicen que vaya con Dios. Ya en el interior, las llamas de las antorchas, resguardadas bajo los canalones, le dan la apariencia - en medio de la obscuridad - de un severo nigromante que, al menor contacto con su mano fantasmal penetra por la puerta santa que va a dar a la sala consagrada al Señor. Allí, en el altar cubierto con un mantel violáceo, coloca el saco y se esconde en una esquina de un coro consagrado a la Virgen Pura. Entra solo el sacerdote de ojos hundidos y al contemplar un bulto va derecho hacia éste. Lo abre ansioso y he ahí ante él al joven novicio suyo. Ensangrentado y sin ningún pulso por daga falsa de apesadumbrado destino.