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El Ritual

Edouard

Poeta adicto al portal
En el claustro del divino ad viento, una fila lúgubre de lunáticos cartujos salmodian al dios de la potestad. Mientras llevan en sus manos de fermento de harina palmatorias con una lumbre fantasmal. Giran en un secreto recoveco del endiablado monasterio y se pierden en la galería que lleva a los santos restos óseos de su patrón el demonio. Allí se desvisten; y con sangre virgen licuada la esparcen sobre la calavera en defunción de su perverso objeto de pasiones obcecadas. Poco a poco va tomando forma carnosa el enemigo del Altísimo. Y cuando ya ha adquirido cuerpo de hombre enérgico y robusto, los dementes monjes lo visten con traje de luto. Suena en el reloj plateado de la torre de los horrores las doce de la medianoche y los ministros del maligno se postran ante él. Mientras su ídolo de maldades se deshace en una humareda de calcinada mandrágora.
 
homo-adictus, aquellos siniestros monjes eran todo un ejemplo de discípulos malévolos de Satanás. Llevando una vida monacal, donde compaginaban ebrios de entusiasmo religioso el rezo indecoroso al dios de las alturas con el vil ritual hacia el esquelético ser inmundo que necesitaba sangre específica para transfigurarse en el Malvado demonio. En las galerías profundas del negro monasterio era donde realizarían sus aberrantes y lacerantes actos impíos para enervar su Fe en el Maligno y, así, desechar para siempre la Idea bonachona del Eterno. El caso es que Aquel se hizo carne, y los cartujos lo vistieron con todo el rigor que propiciaba su obscura potestad para a continuación alabarlo con sacrílego respeto. Pero el Perverso se difuminó en un aire cuajado y fermentado por la lumbre que desprendió la achicharrada mandrágora. Atentamente Edouard.
 
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