En el claustro del divino ad viento, una fila lúgubre de lunáticos cartujos salmodian al dios de la potestad. Mientras llevan en sus manos de fermento de harina palmatorias con una lumbre fantasmal. Giran en un secreto recoveco del endiablado monasterio y se pierden en la galería que lleva a los santos restos óseos de su patrón el demonio. Allí se desvisten; y con sangre virgen licuada la esparcen sobre la calavera en defunción de su perverso objeto de pasiones obcecadas. Poco a poco va tomando forma carnosa el enemigo del Altísimo. Y cuando ya ha adquirido cuerpo de hombre enérgico y robusto, los dementes monjes lo visten con traje de luto. Suena en el reloj plateado de la torre de los horrores las doce de la medianoche y los ministros del maligno se postran ante él. Mientras su ídolo de maldades se deshace en una humareda de calcinada mandrágora.