Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los veranos en Villafranca, con mis abuelos, siempre tenían un encanto especial. Los largos día de calor se resolvían en juegos, en aventuras, en pequeñas exploraciones que yo hacía por las huertas próximas y las excursiones al Monte de la Gallina.
Aquella tarde, cuando la abuela Casilda llegó a casa, venía de dar una vuelta por el plantío de frutales, al que se iba acompañada del cerdo de casa que sacaba a pasear para que comiera toda aquella fruta, peras, manzanas, pavías… que caían algo tocadas de los árboles y con las que el cerdo se daba un festín. El gochín, acostumbrado a aquellos paseos, la seguía como un perrillo faldero y llegaban a establecer lazos de afecto que, indefectiblemente, acaban en lloros y disgustos a la hora de la matanza, pues la abuela encariñada con él no quería que terminase hecho jamones y chorizos.
Pues, como os iba contando antes de esta digresión, cuando la abuela llegó a casa me dijo: “Voy a ir a lavar al río. ¿Quieres venir?”. Nunca se me había puesto tan a tiro una aventura y por supuesto dije que sí.
Seleccionó cuidadosamente la ropa blanca, la dobló y la metió en el balde grande de zinc. Se colocó el rodete de tela en la cabeza y subió a ella el balde, cosa que siempre me maravillaba pues parecía abultar tanto el balde con la ropa, como toda ella. En la mano izquierda cogió la taja de madera y el jabón y llevando la mano derecha en la cintura, nos salimos a las calles para llegar al río.
La abuela Casilda era menuda, delgada y bajita, pero risueña y siempre alegre. Vestía de luto, como casi todas las mujeres del pueblo, ya que nunca faltaba un hermano, un primo, algún pariente más o menos cercano que había fallecido y por quien habían de guardarse las formas.
El río era como una fiesta. Había mujeres dispersas por las orillas, afanadas en lavar la ropa. Mientras restregaban en los surcos de la taja las sábanas, cantaban y reían. Se comentaban los últimos cotilleos del pueblo y se ponía voz a las canciones de siempre:
“Que se la lleva el río
que se la lleva el agua,
la cañita y el corcho
con que pescaba…”
La abuela había dado jabón a la ropa y ahora tocaba ponerla al sol para que blanquease. Al cabo de un buen rato, tocaba aclarar y era digno de ver cómo aquella mujer menuda lanzaba las sábanas totalmente desplegadas sobre las aguas del río, que las aclaraba en un instante. Ayudaba yo entonces a escurrir la ropa, que volvía al balde, lista para ir al tendal que había en el patio de casa. Con cierta parsimonia, se aclaraba las manos, limpiaba bien la taja y recogía el jabón.
El camino de vuelta, era alegre y yo siempre pedía a mi abuela que me cantase una canción. Ella me miraba sonriente y preguntaba: “¿Cuál quieres?” y yo respondía: “Esa de la mora que no es mora y la rescata su hermano…”
Me miraba entonces fijamente, como si fuese a reprocharme que nunca cambiase de romance, y en ese instante sonreía y comenzaba:
“El día de los torneos
pasé por la morería
y vi una mora lavando,
al pie de una fuente fría”