Orfelunio
Poeta veterano en el portal
El río Taradiel
Por un cuento escuchado que se cuenta
el oyente se imbuye hasta las cejas,
y los párpados se abren cuando alienta
sorpresas infantiles que refleja.
Un calor que nos llega en la palabra
y una nube que envuelve claramente;
ya balaba con fuerza toda cabra
y el cuentista es el dios que más se siente.
Los actores cada uno está presente
si lo viven contado como signo;
el autor de la hazaña lo pretende
y una vieja es antigua en su persigno.
Termina la sesión, silencios siento,
y un lobo atropelló el rebaño digno,
cuando aire nos entró, balar maligno,
y no quedó una res balando al viento.
Contando las ovejas todo es cuento
y no hay ninguna negra arrepentida,
los cuentos tan reales son invento
afluentes colosales de la vida.
Se fue el cuentista con su olor sombrío
y allí dejó la grande boca abierta,
que supo ser el más macho cabrío
rimero de la oveja que está muerta.
Infantes se alegraron del mordisco
y al lobo condujeron hacia el trono,
los truenos nos dejaron su pedrisco
y el cuento se detuvo sin el crono.
Se rieron a la gracia de la luna,
danzaron frente al río Taradiel,
y su agua cristalina era de espuma
y su cauce lucía a Lucifer.
Siguieron navegando en su rutina
y ya adultos contaron su pensar:
un cuento que repite la cantina
si en luz está dispuesto a consolar.
Volvieron con el tiempo a la cabaña
y encontraron el mapa de la paz,
el tesoro escondido entre cizaña
lo obtuvieron vacío, de incapaz.
Asustados quedaron viendo azules,
venía hacia la presa ya madura,
y un niño fue llamando a la ternura
volviéndose los hombres casi nubes.
Acaba ya este cuento como empieza
contando nuevamente la ilusión,
no cejes si algún lobo te despieza
y muestra fantasía y corazón,
que hay ríos que nos llevan con su hierba
y ríos que sin hierba son amor.
Por un cuento escuchado que se cuenta
el oyente se imbuye hasta las cejas,
y los párpados se abren cuando alienta
sorpresas infantiles que refleja.
Un calor que nos llega en la palabra
y una nube que envuelve claramente;
ya balaba con fuerza toda cabra
y el cuentista es el dios que más se siente.
Los actores cada uno está presente
si lo viven contado como signo;
el autor de la hazaña lo pretende
y una vieja es antigua en su persigno.
Termina la sesión, silencios siento,
y un lobo atropelló el rebaño digno,
cuando aire nos entró, balar maligno,
y no quedó una res balando al viento.
Contando las ovejas todo es cuento
y no hay ninguna negra arrepentida,
los cuentos tan reales son invento
afluentes colosales de la vida.
Se fue el cuentista con su olor sombrío
y allí dejó la grande boca abierta,
que supo ser el más macho cabrío
rimero de la oveja que está muerta.
Infantes se alegraron del mordisco
y al lobo condujeron hacia el trono,
los truenos nos dejaron su pedrisco
y el cuento se detuvo sin el crono.
Se rieron a la gracia de la luna,
danzaron frente al río Taradiel,
y su agua cristalina era de espuma
y su cauce lucía a Lucifer.
Siguieron navegando en su rutina
y ya adultos contaron su pensar:
un cuento que repite la cantina
si en luz está dispuesto a consolar.
Volvieron con el tiempo a la cabaña
y encontraron el mapa de la paz,
el tesoro escondido entre cizaña
lo obtuvieron vacío, de incapaz.
Asustados quedaron viendo azules,
venía hacia la presa ya madura,
y un niño fue llamando a la ternura
volviéndose los hombres casi nubes.
Acaba ya este cuento como empieza
contando nuevamente la ilusión,
no cejes si algún lobo te despieza
y muestra fantasía y corazón,
que hay ríos que nos llevan con su hierba
y ríos que sin hierba son amor.