El ermitaño
Poeta recién llegado
El retorno
Tras la larga contienda regreso a casa:
mi cuerpo lacerado desfallece,
siente en cada paso la aridez de la tierra.
Mis ojos sangran la filosa luz
de los astros que pueblan la noche.
No hay huertos ni moradas, solo el cierzo
de antiguas voces que susurran lamentos
y revuelven la hierba quemada.
En mi testa afligida arde la culpa:
los hermanos caídos, la orfandad de mis hijos,
mi solitaria esposa tejiendo un suéter esmeralda
tras la taciturna ventana.
Vuelvo al recuerdo candoroso —recinto rústico, sagrado—
donde pasé los años felices.
Hoy, anciano, los surcos del tiempo no merman el sueño;
en mis ojos aún titila un lucero de esperanza.
Tras la larga contienda regreso a casa:
mi cuerpo lacerado desfallece,
siente en cada paso la aridez de la tierra.
Mis ojos sangran la filosa luz
de los astros que pueblan la noche.
No hay huertos ni moradas, solo el cierzo
de antiguas voces que susurran lamentos
y revuelven la hierba quemada.
En mi testa afligida arde la culpa:
los hermanos caídos, la orfandad de mis hijos,
mi solitaria esposa tejiendo un suéter esmeralda
tras la taciturna ventana.
Vuelvo al recuerdo candoroso —recinto rústico, sagrado—
donde pasé los años felices.
Hoy, anciano, los surcos del tiempo no merman el sueño;
en mis ojos aún titila un lucero de esperanza.
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