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El reloj de pared

Eratalia

Con rimas y a lo loco
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A él le gustaban los relojes de péndulo, de aquellos de pesas y carillón, vetustos y regios.

Yo temía que , en cualquier momento, pudiera encontrar en mitad de mi salón uno de roble o de caoba, con su caja larga y su aspecto lóbrego.

Así que para que no sucediera tal cosa, me adelanté y adquirí un modelo a caballo entre lo clásico y lo actual, que tenía sonido, sí, pero se colgaba directamente en la pared prescindiendo de la caja. Tenía péndulo, también, pero de movimiento mecánico, En resumen: moderno, funcional y absolutamente alejado de la aparatosidad de los clásicos.

Así, como un regalo sorpresa, llegó a casa este reloj , el mismo que ahora me mira con aire resentido, mientras mueve su péndulo dorado en un incesante e hipnótico balanceo.

Después, cuando el insomnio hizo mella en mí, aquella cantinela sonando en la madrugada, me exasperaba.

Un buen día, mientras lo manipulaba para el cambio de hora, mis dedos notaron un pequeño cable que parecía estar fuera de su lugar, supongo que a causa de los repetidos traslados que había sufrido la pobre máquina. Sin premeditación pero con alevosía, -lo confieso-, tiré suavemente de él y pude comprobar que, al instante se hizo el silencio. Disimulé una sonrisa triunfal.

Cuando al día siguiente mi marido comentó extrañado la mudez del reloj , yo, con un mohín de inocencia dije:

- Se habrá estropeado, tiene tanto tiempo ya…

Y así acabé con su sonería, pero no con mi insomnio.

Años después vinimos a vivir a este piso que ahora habito en soledad y nada más entrar en él un estruendo inesperado nos sobresaltó: era la campana electrónica de una Iglesia que hay al final de la calle. No solo toca religiosamente horas y medias, sino que también llama a misa, dobla por los difuntos e incluso desgrana cada día las notas de “El trece de mayo” a la hora del ángelus, previamente a las doce campanadas.

Y esta vez no creo que exista un cable que arrancar de manera subrepticia.

¿Casualidad o castigo?
 
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A él le gustaban los relojes de péndulo, de aquellos de pesas y carillón, vetustos y regios.

Yo temía que , en cualquier momento, pudiera encontrar en mitad de mi salón uno de roble o de caoba, con su caja larga y su aspecto lóbrego.

Así que para que no sucediera tal cosa, me adelanté y adquirí un modelo a caballo entre lo clásico y lo actual, que tenía sonido, sí, pero se colgaba directamente en la pared prescindiendo de la caja. Tenía péndulo, también, pero de movimiento mecánico, En resumen: moderno, funcional y absolutamente alejado de la aparatosidad de los clásicos.

Así, como un regalo sorpresa, llegó a casa este reloj , el mismo que ahora me mira con aire resentido, mientras mueve su péndulo dorado en un incesante e hipnótico balanceo.

Después, cuando el insomnio hizo mella en mí, aquella cantinela sonando en la madrugada, me exasperaba.

Un buen día, mientras lo manipulaba para el cambio de hora, mis dedos notaron un pequeño cable que parecía estar fuera de su lugar, supongo que a causa de los repetidos traslados que había sufrido la pobre máquina. Sin premeditación pero con alevosía, -lo confieso-, tiré suavemente de él y pude comprobar que, al instante se hizo el silencio. Disimulé una sonrisa triunfal.

Cuando al día siguiente mi marido comentó extrañado la mudez del reloj , yo, con un mohín de inocencia dije:

- Se habrá estropeado, tiene tanto tiempo ya…

Y así acabé con su sonería, pero no con mi insomnio.

Años después vinimos a vivir a este piso que ahora habito en soledad y nada más entrar en él un estruendo inesperado nos sobresaltó: era la campana electrónica de una Iglesia que hay al final de la calle. No solo toca religiosamente horas y medias, sino que también llama a misa, dobla por los difuntos e incluso desgrana cada día las notas de “El trece de mayo” a la hora del ángelus, previamente a las doce campanadas.

Y esta vez no creo que exista un cable que arrancar de manera subrepticia.

¿Casualidad o castigo?
Me gustó este relato
Y más el final.

Saludos
 
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A él le gustaban los relojes de péndulo, de aquellos de pesas y carillón, vetustos y regios.

Yo temía que , en cualquier momento, pudiera encontrar en mitad de mi salón uno de roble o de caoba, con su caja larga y su aspecto lóbrego.

Así que para que no sucediera tal cosa, me adelanté y adquirí un modelo a caballo entre lo clásico y lo actual, que tenía sonido, sí, pero se colgaba directamente en la pared prescindiendo de la caja. Tenía péndulo, también, pero de movimiento mecánico, En resumen: moderno, funcional y absolutamente alejado de la aparatosidad de los clásicos.

Así, como un regalo sorpresa, llegó a casa este reloj , el mismo que ahora me mira con aire resentido, mientras mueve su péndulo dorado en un incesante e hipnótico balanceo.

Después, cuando el insomnio hizo mella en mí, aquella cantinela sonando en la madrugada, me exasperaba.

Un buen día, mientras lo manipulaba para el cambio de hora, mis dedos notaron un pequeño cable que parecía estar fuera de su lugar, supongo que a causa de los repetidos traslados que había sufrido la pobre máquina. Sin premeditación pero con alevosía, -lo confieso-, tiré suavemente de él y pude comprobar que, al instante se hizo el silencio. Disimulé una sonrisa triunfal.

Cuando al día siguiente mi marido comentó extrañado la mudez del reloj , yo, con un mohín de inocencia dije:

- Se habrá estropeado, tiene tanto tiempo ya…

Y así acabé con su sonería, pero no con mi insomnio.

Años después vinimos a vivir a este piso que ahora habito en soledad y nada más entrar en él un estruendo inesperado nos sobresaltó: era la campana electrónica de una Iglesia que hay al final de la calle. No solo toca religiosamente horas y medias, sino que también llama a misa, dobla por los difuntos e incluso desgrana cada día las notas de “El trece de mayo” a la hora del ángelus, previamente a las doce campanadas.

Y esta vez no creo que exista un cable que arrancar de manera subrepticia.

¿Casualidad o castigo?
Igual te puedes infiltrar dentro de la iglesia en mitad de la noche y volcar toda tu experiencia en sabotaje.
Un beso, Eratalia.
 
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A él le gustaban los relojes de péndulo, de aquellos de pesas y carillón, vetustos y regios.

Yo temía que , en cualquier momento, pudiera encontrar en mitad de mi salón uno de roble o de caoba, con su caja larga y su aspecto lóbrego.

Así que para que no sucediera tal cosa, me adelanté y adquirí un modelo a caballo entre lo clásico y lo actual, que tenía sonido, sí, pero se colgaba directamente en la pared prescindiendo de la caja. Tenía péndulo, también, pero de movimiento mecánico, En resumen: moderno, funcional y absolutamente alejado de la aparatosidad de los clásicos.

Así, como un regalo sorpresa, llegó a casa este reloj , el mismo que ahora me mira con aire resentido, mientras mueve su péndulo dorado en un incesante e hipnótico balanceo.

Después, cuando el insomnio hizo mella en mí, aquella cantinela sonando en la madrugada, me exasperaba.

Un buen día, mientras lo manipulaba para el cambio de hora, mis dedos notaron un pequeño cable que parecía estar fuera de su lugar, supongo que a causa de los repetidos traslados que había sufrido la pobre máquina. Sin premeditación pero con alevosía, -lo confieso-, tiré suavemente de él y pude comprobar que, al instante se hizo el silencio. Disimulé una sonrisa triunfal.

Cuando al día siguiente mi marido comentó extrañado la mudez del reloj , yo, con un mohín de inocencia dije:

- Se habrá estropeado, tiene tanto tiempo ya…

Y así acabé con su sonería, pero no con mi insomnio.

Años después vinimos a vivir a este piso que ahora habito en soledad y nada más entrar en él un estruendo inesperado nos sobresaltó: era la campana electrónica de una Iglesia que hay al final de la calle. No solo toca religiosamente horas y medias, sino que también llama a misa, dobla por los difuntos e incluso desgrana cada día las notas de “El trece de mayo” a la hora del ángelus, previamente a las doce campanadas.

Y esta vez no creo que exista un cable que arrancar de manera subrepticia.

¿Casualidad o castigo?
Ay, ay, ay... que ese reloj es muy parecido al mío; aunque a mí se me ocurrió quitarle las pilas y ya no da ni la hora. Es que quedaba tan bien con la casa.
Lo de las campanas y sus tañidos a todas horas ya es otra historia. Tengo el campanario en el patio de abajo, yo lo elegí... pero dios quiso (tiraría de algún cable) que se estropeara su mecanismo. Ahora dormimos toda la noche (y antes también, que a casi todo se acostumbra uno).
Qué lejos queda Fátima y sus apariciones.
Y recuerda que el Papa dice "hay que dormir, niños".
Muy bueno, Señita, y muy allegado el relato.
Un abrazote desde el patio de arriba.
 
Última edición:
¡Castigo divino! No hay ninguna duda. ¡Y merecido!
Muy buen relato, compañera.
Me hizo reír, pero solo un instante, porque inmediatamente me acordé de los dos años que viví a diez metros del cuartel de bomberos del pueblo.
Recién ahora caigo en la cuenta: ¿habrá sido castigo divino lo mío también?
Un cordial saludo desde el otro lado del mar.

Lisandro
 
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A él le gustaban los relojes de péndulo, de aquellos de pesas y carillón, vetustos y regios.

Yo temía que , en cualquier momento, pudiera encontrar en mitad de mi salón uno de roble o de caoba, con su caja larga y su aspecto lóbrego.

Así que para que no sucediera tal cosa, me adelanté y adquirí un modelo a caballo entre lo clásico y lo actual, que tenía sonido, sí, pero se colgaba directamente en la pared prescindiendo de la caja. Tenía péndulo, también, pero de movimiento mecánico, En resumen: moderno, funcional y absolutamente alejado de la aparatosidad de los clásicos.

Así, como un regalo sorpresa, llegó a casa este reloj , el mismo que ahora me mira con aire resentido, mientras mueve su péndulo dorado en un incesante e hipnótico balanceo.

Después, cuando el insomnio hizo mella en mí, aquella cantinela sonando en la madrugada, me exasperaba.

Un buen día, mientras lo manipulaba para el cambio de hora, mis dedos notaron un pequeño cable que parecía estar fuera de su lugar, supongo que a causa de los repetidos traslados que había sufrido la pobre máquina. Sin premeditación pero con alevosía, -lo confieso-, tiré suavemente de él y pude comprobar que, al instante se hizo el silencio. Disimulé una sonrisa triunfal.

Cuando al día siguiente mi marido comentó extrañado la mudez del reloj , yo, con un mohín de inocencia dije:

- Se habrá estropeado, tiene tanto tiempo ya…

Y así acabé con su sonería, pero no con mi insomnio.

Años después vinimos a vivir a este piso que ahora habito en soledad y nada más entrar en él un estruendo inesperado nos sobresaltó: era la campana electrónica de una Iglesia que hay al final de la calle. No solo toca religiosamente horas y medias, sino que también llama a misa, dobla por los difuntos e incluso desgrana cada día las notas de “El trece de mayo” a la hora del ángelus, previamente a las doce campanadas.

Y esta vez no creo que exista un cable que arrancar de manera subrepticia.

¿Casualidad o castigo?
Al final lo que nos molesta no es el tiempo, tanto como el surco de su sonido.
Castigo celestial no tengas dudas.
Saludos Eratalia.
 
Ay, ay, ay... que ese reloj es muy parecido al mío; aunque a mí se me ocurrió quitarle las pilas y ya no da ni la hora. Es que quedaba tan bien con la casa.
Lo de las campanas y sus tañidos a todas horas ya es otra historia. Tengo el campanario en el patio de abajo, yo lo elegí... pero dios quiso (tiraría de algún cable) que se estropeara su mecanismo. Ahora dormimos toda la noche (y antes también, que a casi todo se acostumbra uno).
Qué lejos queda Fátima y sus apariciones.
Y recuerda que el Papa dice "hay que dormir, niños".
Muy bueno, Señita, y muy allegado el relato.
Un abrazote desde el patio de arriba.
Me haces sonreír.
Gracias por pasar a verme.
Un abrazo, desde el patio de enfrente.
 
¡Castigo divino! No hay ninguna duda. ¡Y merecido!
Muy buen relato, compañera.
Me hizo reír, pero solo un instante, porque inmediatamente me acordé de los dos años que viví a diez metros del cuartel de bomberos del pueblo.
Recién ahora caigo en la cuenta: ¿habrá sido castigo divino lo mío también?
Un cordial saludo desde el otro lado del mar.

Lisandro
¿Quién puede saber eso, aparte de la propia divinidad?
Continuemos en la ignorancia, pero continuemos escribiendo. Que no paren las letras. Te lo dice una forofa de las palabras :D:D

Saludos cordiales desde este lado.
 
muy fluido y con gracia con detalles que hacen que uno vea el salón, el péndulo moviéndose, o el momento en que tus dedos "sin premeditación pero con alevosía" silencian el reloj
:)
Un saludo
 
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