Bajo la aurora de herrumbroso destello dorado, va desfilando un grupo en línea de sacerdotes. Todos ellos portando la máscara fría de la vil hipocresía. El silencio es absoluto. Se dirigen hacia un antiguo promontorio. Donde yace enterrado y embalsamado el último obispo de cicatriz lunar. Cuando ya llegan, comienzan a salmodiar en una lengua vetusta e ininteligible. Cuyo venenoso sonido hace pudrir la escasa vegetación. Que allí adornaba el paisaje. Los lugareños que pasan por allí se pre signan. Y corren como alma que lleva el diablo. Entonces, cae la tarde en la sima obscura de la negra locura. Y los ambivalentes religiosos sacan de sus zurrones vino y pan. Comienzan a beber y comer. Y cuando ya es noche, embeben del frío viento que adormece sus extasiados sentidos. Quedando abierta, en un agujero de girasoles, la tumba donde ya no duerme más que el hastío.
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