El bochorno de coral, en aquel paraje maldito, hacía presagiar el afluente de ríos de sangre. En las frentes de aquellos niños que se exponían graves hacia el sol. Enfermaban inmediatamente. Y sus madres, con cofias negras, no se preocupaban en absoluto por la salud de los pequeños. Pero, una noche de verde olivo enraizado, surgieron de las tierras trituradas vahos perfumados. Que tenían el poder de dejar al paciente en un estado letárgico de santa paz interior. Aquellos lugares se canonizaron. Como lugar de encuentro. Para convalecientes; que habían perdido la fuerza pletórica. En un suspiro de raigambre nefasta y mezquina. Pronto llegaron gentes de todos los lugares del globo. Y, observando el portento de tales miasmas, se dejaban llevar. Hipnotizados por la fragancia sanadora. Hasta que, creciendo en sus débiles corazones la hiedra sacra del dios del vino, se pusieron a bailar y cantar desnudos bajo los rayos mágicos de la pálida luna llena. Ya era hora de recobrar el entusiasmo. Que el día anterior había negado con un débil dedo quebrado y arruinado.