En la aldea inconmensurable, arrojada a la violenta humedad de una plena noche de invierno, los habitantes permanecen mudos y ciegos. Ante un antaño acontecimiento que ennegreció la fresca y lozana salud del aire que corría raudo por las calles pedregosas con olor a malvas y musgo. Sólo había un viejo tabernero obeso que sudaba cada vez que salía al patio. Para contemplar la sanguínea mirada del diablo. Formateada en pálida cara de calma y clara luna llena. Pronto crecieron del firmamento estelar meteoritos floreados. Que cayeron a tierra firme. E hicieron retumbar las bases medievales en las cuales se engarzaban tanto la iglesia como el vetusto ayuntamiento. Entonces las gentes ariscas salieron de sus casas. Y comenzaron a saquear los pequeños comercios. Pero de lo que no se pararon a reflexionar, era que pronto el alud de unos cuchicheos multiformes se extenderían por el poblado. Hasta convertirlos en jorobados chamanes dementes.