Los nubarrones grises se ciernen sobre el poblado desierto. Donde antaño una sonrisa de júbilo se dibujaba en sus habitantes de testas de medialuna. Ahora yacen todos bajo los muros de granito que circundan tal aldea fantasma. A la espera de que un cuerno de oro levante sus espíritus con su sonido aguerrido. Pero ese momento se hace eterno. Y un aluvión líquido moja los ventanales ciegos donde asoman etéreos trapos mojados de luto de sus dueños los difuntos. La tormenta remite; y el ocaso salvaje del sol da entrada a los nocturnos asteroides en llamas que desgarran el cielo ya vetusto. De haber tanto llorado. Es el momento en que se abren los abismos de la tierra y los espectros complacidos de la villa ocupan todo el contorno familiar de sus prisiones. Donde los quehaceres del día ya no quieren saber más de una nueva dimensión espiritista.