Rubaldo Condorhuayra
Poeta recién llegado
EL PERRO, EL LOCO Y LA MUERTE
Cuando duerme el mendigo pienso en la muerte y en esa su frase irónica: para los muertos ya no existen misterios
Adolfo Cáceres Romero, la mansión de los elegidos
La imagen caricaturesca del perro arrollado se desprendía de sus entrañas cómo si fuera una nausea incontenible, un vómito de la muerte agujereándole el cerebro a cada momento. Esa imagen era una tortura, un verdadero tormento. Martillaba explosivamente sus sienes. Los gritos y llantos de nada le servían ahora, eran inútiles. Sólo inyectaban de sangre su piel, ya colorada por el arrebato de cólera que recorría todo su cuerpo Y los gritos del loco rompían la tranquilidad del parque, los gritos del loco en el parque mudo ¡Que tragedia, que horror, Dios mío, no!... Su hijo, su único hijo había muerto. Sin duda ahora su pequeño cuerpo, pálidamente frío, yacía en la morgue del hospital. Sus palabras, las últimas, ya no romperían más el silencio de sus labios moribundos de niño. No pronunciarían nunca más el nombre del maldito perro ese que su hijo adoraba
Y otra vez los gritos del loco rompían la tranquilidad del parque; otra vez sus gritos recorriendo las texturas del silencio ¡Que maldad había cometido mi hijo! ¡Era inocente carajo, inocente! Apenas tenía ocho años ¡Maltita seas vida, te maldigo, te maldigo porque te llevaste a mi hijo; malditos sean todos, los hombres y mujeres de este mundo, muéranse!... Y nuevamente aquella imagen estallaba en su cabeza, el perro arrollado, su cuerpo descomponiéndose atizado por el sol de otoño, hinchado de larvas y moscas cómo una gran bolsa de carnes putrefactas. El cuerpo aplastado por un camión hace una semana. El cuerpo, si el cuerpo, cómo el de su hijo, acostado en la tierra, exponiendo todos los días una mueca de angustia triste, llorosa, turbadora. La mueca deforme de la muerte Y las manchas de su sangre, el perro, se habían hecho negras cómo el luto en aquella tierra de callejuelas retorcidas y sin nombres. El perro y su cuerpo, se perdían cómo un espectro en el horizonte de la marginalidad. La tierra y los guijarros estaban manchados de muerte con su sangre, disecada por un extraño silencio petrificado
¡Maldita sea mi vida, mierda; el perro, su muerte!... Su imagen violentando todos mis sentidos, esa imagen de pesadilla atormentándome día tras día. (Explotan sus gritos en las sombras del parque) Y el loco de nuevo, con las manos abiertas, extendidas a la miseria en el parque, pidiendo sus centavos a la gente, asustando a los niños que le recordaban a su hijo (lloriquean todos los niños), y las gentes gritándole maldito loco de mierda La imagen del perro aplastado por el camión, una y otra vez en mi cabeza. Sus gritos desesperados por zafarse de la muerte. Sus aullidos lastimeros despertando el horror general entre todos los vecinos, hace una semana. Sus gritos mezclándose con los ruidos de la gran ciudad, cómo un poema lúgubre con el caos. Y luego sus lamentos ya apagados, ya silenciosos... Todo el dolor de sus huesos rotos, la sangre a borbotones por la boca y la agonía dilatada en suaves espasmos, disueltas por la muerte Esa pesadilla era la que atormentaba la vida del loco: la muerte del perro al cual adoraba su hijo. Si, ese perro, que era un cachorro todavía cuando el murió ¡Son siete años siete años carajo de su muerte! ¡Mi hijo, carajo, mi hijo, cuanto adoraba, cuanto amaba a ese maldito animal! El, era el único recuerdo de su hijo. Si, ese perro ahora era su compañero, el único amigo del loco (en ese estado por la muerte de su hijo), que recorría todos los días el parque gritando maldiciones
Y ahora nada, el perro había muerto, y el recuerdo de su hijo yacía con el, acostado en aquella tierra de callejuelas retorcidas y sin nombres. Perdiéndose cómo un espectro triste en horizonte de la marginalidad para siempre
Para contactos con el autor escribir a: condor_huayra@hotmail.com