De su mirada contemplativa manaba luz lustral. Todos los allí presentes observaban cómo se mantenía quedo y extasiado ante el cuadro figurativo de su amada madre. De repente, un golpeteo seco en la puerta cerrada del salón aguijoneaba los sentidos perturbados de nuestro joven noctámbulo. Mas él se mantenía. Preso de la imagen de la mujer que lo parió. Sus compañeros rozaron con palabras suaves el torbellino auditivo en el que se sumergía nuestro mozo. Cuando escuchaba en sus mientes el latigazo innominado de una voz fugitiva. Ante la cual no podía hacer otra cosa sino permanecer en sincero trance. Los allí reunidos abrieron ante el insistente llamar de odiosa herrumbre calamitosa. Y he ahí que ante sus narices se gestaba la aparición mágica de un lúgubre enterrador de muertos. Todos se dieron la vuelta y vieron escapar por los aires el alma del ya difunto joven noctámbulo.